jueves, 24 de mayo de 2012

A la sopa de lima canto a sorbos.

Hoy no puedo nada
me estás oculta…

Podrían decirte en partes,
podrían.
¡¿Podría importarme menos?!
Lo lamento…
Yo sé de qué estás hecha,
no me importa.
Hueles a viaje sureste,
a niño pegado en la ventana,
a auto familiar sobreusado.
Sabes a lo que debe saber
la saliva de una diosa;
aftertaste
del sudor del Olimpo tras orgía

¿Cómo llamas
a la frescura que calienta?
De haberte conocido Mafalda,
no habría Quino
Viajar al fin de mi nación
¡al fin de todas!
con tal de probarte, tensión propia

Lléname las vacías tripas mayas
dale sazón al segundo nombre
niega, como sea niega, tu origen pobre
Dame a sorber cloral tesoro.

Crujir de la tortilla
eco conquistado por el vaho
¡Sopla! ¡Sopla! Come
Sopa. Sopa lima.

lunes, 21 de mayo de 2012

Verbigracia


Eran las 17:45 de un viernes por la tarde. Se recorrió el cabello con las manos. Inhaló fuertemente. Exhaló lentamente. Hugo Arenas Arzate miró el reloj; se tanteo la bolsa delantera derecha del pantalón, asintió; se tanteó la bolsa trasera izquierda del pantalón, asintió.
      Escuchó los pasos, que ya había intuido, acercarse hasta la puerta del cubículo. Reacomodó los afiches que decoraban su pizarra. Estaba por enderezar el retrato familiar cuando tocaron la puerta. Asintió. Abrió. Asintió.
      Hugo Arenas Arzate caminó por el largo pasillo, se detuvo ante la ventana. Había contado los pisos pese a que le habían recomendado lo contrario. Asintió. Abrió. Asintió.
      Mientras Hugo Arenas Arzate caía a una velocidad vertiginosa, se tanteó la bolsa delantera izquierda del pantalón. Negó.  Por primera vez desde que se recorriese el cabello con las manos a las 17:45 del viernes, su rostro fue uno distinto al de la determinación y la certidumbre.  No profirió maldición alguna, se limitó a recordar que no había perforado el check-out en su boleta. 

domingo, 20 de mayo de 2012

Aula I

Valeria parpadea muchas veces por segundo; tal vez dos o cuatro. Entre los relampagueos claros mira con ojillos sorprendidos –o ausentes- a los oradores.
      Me gusta que su fleco corto y recto encuadre su nariz pequeña y enaltezca sus pómulos curvados.
      No habla mucho, pero cuando lo hace dice poco. Asumo que compensa por las horas que se leen en su cabello cobrizo, rizado y largo.
      Valeria parpadea muchas veces por segundo, y parece que no escucha cuando cierra los ojos. Digo que no escucha porque cuando parpadea sonríe y me entretiene tanto su sonrisa, que cuando Valeria parpadea, yo no escucho.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Un otro cuento

Nadie les preguntó a dónde iban. Los dos chicuelos caminaban juntos y deprisa, cargando con esfuerzos un bulto. Andaban por una calle amplia que desembocaba en una plazuela rodeada de edificios coloniales y cercada por un sinfín de policías.

Ambos párvulos, extasiados por no encontrar resistencia, aceleraron el paso. Llegaron hasta un edificio terracota que enmarcaba una enorme puerta de madera trabajada. Frente a la entrada había una mesa donde media docena de juguetes se sentaban.

Los chicuelos se detuvieron a unos metros de la mesa, cuando notaron que detrás de la pintura nueva, los muñecos no eran sino marionetas viejas y cuarteadas. Ante la indecisión, los chicos intentaron dar la media vuela y regresar por su camino, mas vieron que tras de sí el cordón de policías se cerraba y las sombras gigantescas de los edificios obscurecían la plazuela.

Resignados caminaron lentamente hasta la mesa. Esperaron en silencio un momento y, como si de la nada, sonó desde un altavoz perdido una grabación gastada que, para hacer pocas las muchas palabras, les agradecía su llegada.

Uno de los niños, el que cargaba la cabeza del pesado bulto, traicionado apenas por el volumen de su voz, dijo –mientras dejaba la carga sobre la mesa- :
                     "Aquí está su democracia, denme mi País de vuelta.”

jueves, 22 de marzo de 2012

Consulta


“Suponga que esa tensión sexual se puede oler, “propuso el terapeuta “¿A qué huele?”

                En ese momento, un bólido atravesó el cristal, rodo unos metros por el consultorio y explotó en una fragancia de pimienta y naranja.

La paciente despertó inmediatamente, le lloraban los ojos y pudo ver, aunque borroso, como dos hombretones gigantescos le arrebataban la licencia a su psicólogo mientras uno tercero le quemaba el título sobre el basurero.

“Doctor, “dijo casi compungida “la verdad es que no me arrepiento.” 

domingo, 11 de marzo de 2012

La caída del espejo.



La caída del espejo fue completamente accidental.
     Parece tonto, pero creo que es importante decirlo, aquel no era mi objetivo.  Entiendo que no hay ya ningún proceso apelativo pero, por mi alma, para que lo sepa mi madre… la caída del espejo fue completamente accidental.
    El sol estaba por alumbrarlo todo. Se me había hecho tarde, aún tenía que alimentar a los gatos…Por otro lado, el sol aún no alumbrara la totalidad del estudio; solo ahí pude esconderme cuando escuché los pasos.
    Aquella no era hora alguna para andar sonando andadas y, por eso mismo, sola como estaba la casa, el eco no pudo sino agregar a mi sobresalto. Los pasos aún se escuchaban ahogados, por lo que, pensé, aún estaba en el recibidor; tendría al menos unos minutos para salir de ahí.
   Me disponía a huir por la puerta lateral que conectaba con la recámara. Inmediatamente comprendí mi error: mis pasos, aumentados por el mismo eco que aumentara los suyos… El silencio siguiente fue abrumador y bastante estúpido. Ahí comenzó el pandemonio, en medio de la casa vacía se hizo movimiento.
      Yo sé que lo saben. Me lo han escuchado mil veces ¡pero necesito que   me crean!
    Lo escuché subir las escaleras en una carrera loca, yo corrí a la vez con el alma en vilo, aferrándome al espejo como nos enseñan en la escuela; pero la carrera era difícil, las lozas lubricadas por la sangre eran imposibles de vadear.  Al llegar al pasillo central, pasó lo inevitable. Su figura inmensa bloqueó toda posibilidad de sombra, era una luz intensa, un todo luminoso concentrado.
     No me cegó la luz, me inundó, me asfixiaba, todo entonces fue inmediato; abrí la puerta más cercana y entré sin pensármelo dos veces. Era el baño, ese claustrofóbico lugar privado iba a ser mi tumba, entonces vi el espejo, aún en mi mano, seguro –sostenido con el puño, protegido con el pecho-
     Tienen que entender que no tuve opción, arranqué el toallero, solté el espejo y le golpeé con fuerza; una y otra vez lo golpeé, y una y otra vez la luz bajo la rendija de la puerta parpadeó. Roto, completamente destrozado, cada fragmento un sinfín de reflejos deformes.  Ya no había luz sino por el sol naciente.
      Así me encontraron ustedes. Tienen que entender que la caída del espejo fue accidental ¿Qué iba a saber yo sobre Dios esperando en el Infierno?
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Este va dedicado a Morfin, primero porque su imagen fue lo primero que me cruzó con el ejercicio dadaísta y en segundo lugar por constantemente molestarme por no escribir nada.

domingo, 4 de diciembre de 2011


Sé que algo se rompió en nuestra última discusión. Fue como sentir, tras intentar acelerar rompiendo la curva de los trescientos metros, un tirón preciso, dar tres pasos descoordinados y caer de bruces sobre el tartán.  En pocas palabras, sé que algo se rompió en nuestra última discusión, en un solo movimiento, en una decisión que antes de terminar de formularse en la cabeza ya sonaba a desastre.

No fue como cualquier otro momento en que la decepción te sobrecoge cuando ves perdido algo. No fue como con aquellas que habían sido procesos largos donde todos los pasos de la pérdida estuvieron presentes. No fue la larga tarde en que fumaba un cigarrillo sobre el alfeizar mientras ella lloraba en silencio sobre la cama. No fue tampoco un fatídico y patético intento por iniciar una relación formal con un regalo demasiado caro y una honestidad bastante pobre…

Fue una decisión algo consciente, en un momento determinado. Y fue como sentir que jamás podría volver a correr los cien metros.

Creo que fue entonces, cuando decidimos darnos por vencidos, que perdí mi último lazo. Lo perdí con la pista, con la capacidad para llenar todos mis diálogos con insinuaciones que solo tú captabas… Se rompió el último puente que me quedaba para ir ahí todas las mañanas y saberme unido a todo lo demás…
Sé que la mayoría de los pacientes mentales con inhabilidades sociales muestran sus primeros síntomas concluyentes en  los primeros años de sus veintes. A veces me gusta imaginar que lo que sentí que se rompía cuando le dije adiós a la posibilidad de volver a besarte fue mi cordura.  Otros días, más que solo sospecharlo, estoy convencido de ello.

Pero más allá de si mi locura es un hecho, lo cierto es que sentí que se perdía el último vínculo que me unía a un yo pasado.  Cerrar el capítulo contigo fue como acabar un libro entero. Era obvio que los clinghangers dejaban a entender una secuela… pero la secuela empieza con un capítulo difuso en que el protagonista no tiene la más remota idea del problema, y para hacerlo peor, pasadas ya varias páginas el lector tampoco estaría  muy seguro de la trama.

Hoy por ejemplo imagino que el concepto es bastante claro. El hombre, ahora el niño se da cuenta de que es hombre, asume la responsabilidad de haberte dicho adiós y se compone inmediatamente ante las circunstancias. Encuentra el reto de no tenerte presente en sus objetivos como una decisión madura y una oportunidad para empezar cualquier cantidad de aventuras enmarcadas dentro de una prominente carrera.
Pero como crítico me detengo rápidamente. El estúpido protagonista carece de la fuerza para mantener aquella convicción con la coherencia interna de sus arrojos emocionales. Supongo que por eso en mi historia me siento a escribir esta entrada de libro, poniendo en boca ajena lo que pienso del personaje que aún no formulo del todo bien para el resto de la obra…
Sé que algo se rompió. Tal vez mi último pedazo de entereza.