viernes, 18 de marzo de 2011

Máquinas del hombre

¡Clack! El sonido explotó en eco. Unas cuantas luces pasajeras iluminaron apenas y furtivas las dos siluetas que recorrían con toda velocidad el campo. Las largas zancadas terminaron por acortarse y los hombres empapados en sudor bufaban exhaustos. Detrás el sonido metálico aún los perseguía. ¡Clack! un nuevo sonido o tal vez el eco los alcanzaba; la silueta más pequeña miró preocupada a su contraparte, el otro hombre a unos cuantos metros le sonrió rendido. Ambos frenaron su carrera por completo. El siguiente clack fue una indicación no acordada para que los dos sujetos desenfundaran sus armas.
                El sonido de las balas perforando el metal rompían la noche por completo. Primero uno y luego otro, los mosquetes vomitaron con furia centelleos anaranjados. El ciclópeo de metal no se detuvo; el chillido del vapor que le escapaba por las heridas parecía debilitar más la voluntad de los hombres que la fuerza del mastodonte. De nuevo, los dos hombres fatigados reiniciaron la carrera y apenas lograda la distancia cargaron sus armas; el destello seguido del rugido no se hizo esperar, la futilidad seguida de la herida tampoco. Sabiéndose vencidos los hombres tiraron los mosquetes con furia sobre al aparato indomable, el último clack cerníase sobre ellos mientras un fulminante chispazo los lanzaba a la oscuridad lejana.
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Esta es solo una de las muchas viñetas que pienso ir colgando. Originalmente planeaban ser una novela, ahora me gustan solo como cuadros en un mundo ficticio no del todo construido al que recurro constantemente para no caer en los fan fics 


lunes, 14 de marzo de 2011

Por Picacho

Ya a punto de llegar, pero sin estar ya ahí, entra la llamada -Sí, sí sé dónde está el Toks- No es de extrañar, hay cambio de planes. Siempre hay cambio de planes, es como parte del plan, al menos esa parte que nunca cambia. –No gracias, no, en serio, ya desayuné… gracias. Sí, anda, sí, está bien yo me termino tu desayuno, sí, gracias.-
              El abuelo pide una Coca con hielos. Al mesero le piden una Coca sin hielos- ¿Tiene hielos la Coca?- El mesero dice no con la cabeza. Todo bien, el abuelo toma un sorbo, -Está muy fría-. Al mesero le piden agua caliente; un chorro, dos -¿ya?- El abuelo dice sí con la cabeza.
             Todos los hyospitales son iguales. Peor aún, todas las áreas de cardiología son idénticas. Delante de nosotros en los asientos, un hombre escribe en su celular un mensaje, suenan tanto sus teclas; no es un mensaje me equivoco, es toda una novela. Llaman al abuelo para consulta. El hombre aún escribe; es toda una obra tonal, sinfonía telefónica a tiempo de desquicio, se traga la semicorchea pensando en si ese hecho lleva hache. Al abuelo lo mantienen en consulta tal vez le hagan hoy en eco. El próximo Quijote para extraterrestres se edita a una fila de distancia.
            Apenas empieza el día.

lunes, 7 de febrero de 2011

Preguntas inocentes

Apretó el puño y lo soltó contra la mesa. La sangre le subió a la cabeza en un torrente de ira. Respiró profundamente, se quitó los lentes. Leyó por tercera vez la nota, miró a su secretario. “Llama al asesor,” le dice en un tono a la vez irritado y rendido.

El hombre pasa su mano sobre la cara, recorre lentamente apretándose la barbilla. Las gráficas no le dicen nada, las tablas son un montón de números teóricos, de encuestas mal hechas, de entrevistas sesgadas. Acomoda los lentes en su lugar.  “...¿y dices que la corrieron?”  El secretario asiente con la cabeza.
Con las ojeras remarcando sus pequeños ojos, el Presidente se levanta lentamente de la silla. Mientras sale, a punto de apagar la luz, se pregunta a si mismo ¿Será relevante la pregunta?

lunes, 3 de enero de 2011

Los Comprados

1
El hombrecillo se quitó el sombrero y, por tercera vez aquella mañana, se rascó la cabeza. Miró el forro raído y tomó despreocupadamente una pulga que saltaba de un agujero al siguiente. Aquel sombrero lo había comprado hacia ya muchos años la primera vez que había tenido al mismo tiempo trescientos pesos.

2
Marcela vio salir a su marido y se le retorció el estomago. El último kilo de tortillas lo habían guardado para el desayuno, pero como Salvador empezaba jornada prefirió ella no comer. Ese día, como todos, caminó hasta la carretera, esperó a su comadre, y marcharon juntas hasta Cuernavaca.  Ahí en el centro ayudaba a la tía de su comadre, una señora tan arrugada por afuera como por adentro, que tenía ya fama con su comalito y le alcanzaba para pagarle a Marcela y su comadre veinte pesos.  Ese día, cuando ya entrada la tarde regresaba del brazo de su comadre por la carretera, le llegó un sopor inesperado y se desvaneció. 
Cuando despertó, una señora le echaba aire con un cartón y le preguntaba repetidamente si se había golpeado la cabeza. Marcela lo negó varias veces hasta que se dio cuenta que estaba metida en una camioneta, se sentó inmediatamente y gritó con todo pulmón que la bajaran, que no le hicieran daño, que la bajaran de nuevo, y así como por accidente reparó en que su comadre estaba sentada en el asiento del copiloto; la situación cada vez más extraña dejó en completo silencio a Marcela. La señora sentada a su lado se limitó a abrazarla, a decirle que todo estaba bien, y que la estaban llevando a un hospital.

3
El policía le devolvió su bolsa de papel. Le dio una palmada en la espalda y le sugirió que se acercara a la catedral, que probablemente el capellán le regalaría un pan y con suerte un poco de pollo.  El hombrecillo lo miró perplejo, este era el primer policía que le hablaba en mucho tiempo. -Ha de ser nuevo- pensó. Y caminó hacia la Catedral a sabiendas que el capellán no le daría nada, porque eran después de las cuatro, y para esa hora ya habían pasado por ahí el de Ayala y la Señora del Mercado.  Al cruzar la calle escuchó un pitazo y el rechinar de llantas, a continuación una serie de insultos sin orden desprendidos del conductor le recordaron que no había reparado en el semáforo, que antes no estaba allí, sino unas cuadras antes, hacia no tantos años, cuando él todavía manejaba.

4
Marcela no dejaba de llorar, no sabía si era de dicha o de desconcierto total. Tal vez lloraba por ambas razones. La señora que la había llevado le sonrió amablemente. Le dijo que sería maravilloso y que no tenía por qué temer. Marcela se limitó a sollozar.  Cuando le preguntaron donde vivía, tuvo su comadre que dar las indicaciones. Ya una vez cerca de la casita a medio construir la señora cuchicheó algo con el hombre que manejaba la camioneta. Se le acercó a Marcela y le pidió que llegara mañana, si se lo permitía su salud, a Cuitláhuac y 5 de Mayo.
Cuando Salvador llegó unas horas más tarde le besó la frente. Le entregó un kilo de arroz y se acostó inmediatamente el catre.  Al amanecer, después de prepararle el arroz a Salvador, Marcela comió un poco, caminó hasta la carretera y esperó a su comadre. Marcharon juntas para Cuernavaca. Aunque Marcela le insistió mucho, su comadre le dijo que tenía que irse al mercado, que por muy sobrina que fuera, igual y se quedaba sin sus veinte pesos.  Así pues Marcela llegó a Cuitláhuac y 5 de Mayo, tocó el timbre de la casa del portón verde y le abrió la Señora con su sonrisa habitual.
En menos de una hora, Marcela se sabía ya la casa por completo, se aprendió todos los cajones de la cocina, memorizó todas y cada una de las medidas de jabón para trapear la cocina y para limpiar los vidrios. Ese día comió por primera vez desde que era niña sopa, arroz y guisado. Cuando terminó de planchar, tocó tímidamente la puerta del estudio de la Señora y le avisó que ya había acabado con todo. La Señora la miró como aprobándola, le sonrió de nuevo, la abrazó y le dijo que le esperara un momento. Al poco regresó y le entregó un billete de doscientos pesos, al dárselos le dijo “Todo va a salir bien Marcela, guárdate ese dinero para el bebé. Mañana llegas temprano porque si no, no hay quien te abra”
Esa tarde, cuando Marcela llegó a su casita, se topó con Salvador, se temió lo peor, ahí tan temprano… seguramente lo habían despedido. Estaba ya a punto de sacar el billete y decirle que todo iba a estar bien, que ya podían terminar la casa, que además iban a ser padres, cuando vio la sonrisa enorme en su cara.

5
Cobija en mano, el hombrecillo se apresuró Yatepec, en una pequeña equina donde nadie lo molestaba nunca. Se acurrucó entre la pared y el farol fundido e intentó conciliar el sueño. Al rato de estar ahí tendido se le enfrió todo el cuerpo, empezó a toser sin respiro alguno y no logró dormirse hasta bien entrada la madrugada. Cuando el sol apenas calentaba el ambiente fresco, el tronido de un motor lo levantó de pronto. Era una camioneta grande y negra. No era ni tan grande, y por alguna extraña razón no le pareció tampoco tan negra, como la que hacía tantos años lo había recogido cuando trabajaba en una construcción en Arteaga. Ese día su vida había cambiado por completo, tanta había sido su suerte que el día se le había quedado grabada en la memoria como pocas cosas. Su Mujer se había sorprendido de verle tan temprano, le dijo que todo estaría bien y que serían padres… él la abrazó con fuerza, le dijo que claro que todo estaría bien, pues tenía un nuevo trabajo, le iban a pagar lo que nunca, terminarían la casita y al hijo, porque iba a tener un hijo, no le faltaría nada.

6
La primera vez que Marcela no se pudo parar por los mareos matinales fue también el primer día que vio a Salvador llorar. Su marido, desde aquella tarde en que llegó con su nuevo trabajo a cuestas, era otro. Esa mañana, mientras tomaban el desayuno, Salvador la miró con unos ojos henchidos y rojos, le susurró algo así como perdóname. Y luego salió de la casa demasiado agitado como para responder a qué hora regresaba. Esa tarde la Señora llegó preocupada, le dijo a Marcela que mejor fueran al Doctor y no regresó sino hasta bien entrada la noche. Salvador por su parte no había regresado. Tampoco regresó al día siguiente, ni al siguiente. Cuando por fin se apareció  tenía la cara demacrada, olía a tierra, sudor y sangre rancia. Marcela lo quiso regañar, pero se limitó a lanzarle una olla rota, Salvador la esquivó apenas, se le acerco de apoco. Le pregunto cómo estaba su hijo, le prometió que nunca dejaría que le pasara nada malo, y la besó.
7
El hombrecillo se sacó las botas, miró sus calcetines negros y rotos, los volteó para encontrar un escenario idéntico y se los volvió a poner junto con las botas. Caminó hasta el parque de Borda, se sentó en la banqueta y estiró la mano. Uno y otro transeúnte le ignoraban, alguno que otro le lanzaba una mirada displicente y algunos menos le dejaban una moneda sobre la mugrienta mano. 
A las pocas horas se le acercó una familia, el hombre tenía la espalda ancha, andaba en botas, tenía manos arrugadas, era sin duda trabajador; la mujer era de tez cobriza, de ese moreno bonito que atrapa a los hombres de todos lados, entre sus brazos un pequeño bulto en una cobija a cuadros. El hombre lo miró de cerca, le dejó una moneda de diez pesos y una charola de unicel, al darse la vuelta pudo ver el hombrecillo, colgado al cincho, un revolver.  El hombrecillo gritó despavorido: -¡No me mates Cazón, no me mates! ¡Ándale Cazón dame tres días, dame tres días Cazón, que te cuesta! ¡Cazón no me mates Cazón!- y a continuación hecho ovillo sobre la banqueta lloró desconsolado.


8
Marcela aún no se acostumbraba a cargar a su hija fuera del vientre. Se sentía a la vez más liviana y más débil. Se sentó en el catre y prendió el televisor. A esa hora a donde la cambiara estaban las noticias.  Salvador llegó de repente, el enfrenón de la camioneta despertó a la niña que lloró inmediatamente. Con la camisa empapada de sudor, Salvador entró corriendo al cuarto. Miró para todos lados. Marcela le preguntó mil veces qué pasaba sin encontrar respuesta. De pronto se escuchó otro enfrenón frente la casa.  Salvador  desenfundó una pistola que traía escondida, Marcela le preguntó algo que se perdió entre los griteríos de afuera… ¡Órale Salvador no nos la pongas difícil! ¡Salte deáy Salvador!  Después cesaron los gritos, solo el llanto de la pequeña niña hacía eco en la casita recién terminada. De súbito entraron dos hombres, pistola en mano por la puerta, por la pequeña ventana del cuarto se asomó un tercero.
-Ándale Salvador, quien te viera todo casadote- restalló un hombretón de espaldas anchas- ¿Qué no nos vas a presentar con tu señora esposa?
-Cazón, dame tres días más Cazón, que te cuesta- farfulló Salvador entrecortado por la respiración nerviosa- Tres días más y te tengo lo que perdiste por mi culpa.
-Mira Salvador no nos hagamos pendejos, lo que perdí por tu culpa no lo sacas ni en un año… pero mira, yo veo que eres padre y esposo. Tienes que cuidar a la familia, y pues, pos ora eres hombre buscado Salvador. Mira, hagamos esto, yo te protejo a tu bebe en lo que tú me consigues mi dinero y todos salimos ganando ¿te gusta, o te gusta Salvadorsito?
Marcela miró devastada a Salvador. Uno de los hombres se le acercó para arrebatarle a la bebe de los brazos. Marcela lo pateó con todas sus fuerzas, pero fue inútil. El hombre tomo a la niña que no paraba de llorar. Salvador guardó el revólver  -Cazón, yo te tengo tu dinero y tú me devuelves a mi niña- dijo lo más sereno que pudo.
-Pos si eso no está en duda verdad, lo que está en duda es cuanto te me vas a tardar Salvador-

9
La enfermera terminó de tallarle los brazos. El doctor anotó algunas cosas en una pequeña tableta y salieron ambos de la habitación. El hombrecillo se miró en el reflejo de la bolsa de suero que colgaba sobre su cama.  Tenía la mirada perdida. Esa noche mientras intentaba conciliar el sueño, escuchó el llanto de un bebe en la habitación contigua… la memoria no se hizo esperar, hecho un ovillo sobre el pequeño colchón, gritó en sollozos que se tornaban alaridos ¡Perdóname Marcela, perdón… perdóname nenita perdón perdón perdón perdópperdoooperjo… Marcela yo no sabía para que querían a mi niña!

sábado, 1 de enero de 2011

Los primeros de enero...

Los primeros de enero casi siempre me siento triste.  Para empezar me suele amanecer entrada la tarde, y para terminar suele la tarde recordarme a media penumbra que el año nuevo y el viejo es la misma tela con otro corte.
Supongo que tiene que ver también el hecho de no hablarte. De que las palabras se queden en el estomago, revolviéndose constantemente para decirme que no tiene sentido alguno salir cuando adentro es tan cálido y conocido.
Los primeros de enero les digo, tienen ese algo que me invita a la vez  salir de la cama y vestirme para la mejor ocasión, y regresarme bajo la colcha con la pijama rota y una sudadera vieja que uso en los meses de frio.  A lo mejor es como dice mi prima y es que el año aún no empieza, que los años empiezan el segundo… será que el primero es como esas veces en que no sabes bien si estas aún dormido y soñando o si solo, apenas despierto, transformas las luces y sonidos en elementos oníricos de la más real magnitud…. Ha de ser que el primero de enero es como cuando no terminas de morir y ya estas renaciendo, ese limbo absurdo que te deja con nostalgia y te llena de expectativa, y luego además, encima tienes el peso de recordar todos los otros limbos, los otros primeros de enero, donde con verdadero ahínco pusiste los propósitos en charola de plata con guardias reales a su lado protegiéndolos de la adversidad, para después leerlos y reírte, de haber escrito lo mismo la ultima vez, y solo haberlos cumplido a medias.

Los primeros de enero casi siempre me siento triste. Será que así fueron los otros y, por costumbre, no tiene sentido alguno salir. 

lunes, 20 de diciembre de 2010

De Malpreno a Darón

…llegó a Malpreno, se enamoró de la dama de compañía de la duquesa, se casaron… Paró en ese momento, releyó las primeras líneas, rasgo fuertemente con la pluma y quedó un nuevo trozo de pergamino destrozado.   Miró por la ventana, los días perpetuamente blancos de invierno apenas hacían cabida en el final de ese otoño. En el patio dos hombres caminaba lado a lado frotándose la cara cada uno para mantener el calor. Más a lo lejos, unos venados flacos tomaban agua en el riachuelo a lado de las bodegas. Detrás de las murallas bajas de ladrillo rojo, dos centinelas flexionaban las piernas apenas para mantenerse activos.  Después de todo el mundo seguía siendo ese lugar, terrible, pero hermoso.

Se levantó apenas escuchó los pasos en las escaleras. Se acicaló un poco, tomo un trago de café y abrió la puerta para esperar al General. Ese día, como el último viernes de cada mes, los altos mandos se presentarían, engalanados como en la corte, para recibir los informes del avance. “General,” dijo complacientemente “el frente es prometedor. Ayer a las 1600 horas tomamos el fuerte de Gazne y aseguramos la aldea de Darón. Bajas enemigas totales, bajas propias doce muertos, tres desaparecidos, tres heridos…”
-Coronel, deje eso para después.- El General había usado ese tono que no dejaba duda alguna, el, al igual que el resto del maldito ejercito lo sabían todo. – ¿Por qué no se toma unos días de licencia? Regrese a la capital, descanse un poco.- Solo le faltó sugerirle que pasara a visitar a su madre.

El coronel lo miró por un momento haciendo acopio de todas sus fuerzas para mantener la calma. “Urgen otros asuntos General, el camino para Darón sigue plagado de zonas indefendibles, los trabajos de atrincheramiento no están terminados… Gazne necesita una revisión completa para las defensas, aquí mismo tenemos que reforzar la seguridad en el ala este…” Pronto se dio cuenta que todos tenían razón, cada uno de esos trabajos eran logrables por cualquier supervisor de tercera, no eran sino escusas para no regresar a casa.

El día se fue acabando y salvo por algunas miradas de condolencia de los cabos, nadie le recordó nada. No que fuera necesario, esa misma noche después de una cena consistente en pan y agua, se acostó a sabiendas de que no podría dormir. Al cabo de unas horas se levantó, encendió la lámpara de aceite y sacó un nuevo pergamino…en casa lo esperaban ella y un hermoso gato, las palabras no me alcanzan para… Se frenó de nuevo. Levantó la vista por la misma ventana y se perdió por segundos en la opresora e inmensa obscuridad.

Un tormenta eléctrica le recorrió los huesos, sintió el sudor frío gotearle por la frente. Lo vio de nuevo entre sus brazos, la sensación era tan viva que sentía la sangre de nuevo en sus manos. Antes de que se diera cuenta sollozaba. El pergamino que había sacado apenas estaba empapado, inservible también. No se tomo la molestia ni de tachar las últimas líneas. Lo repasó todo una vez más. Agotado por el recuerdo, por las sensaciones tan presentes de la batalla, que optó por releerlas de su informe.

El miércoles veintiuno de diciembre del presente, la operación Darón-Gazne emprendió su ataque frontal a las 0900 horas. El batallón a mando del Teniente Sergreid se reunió a punto de las 1000 en la encrucijada de Duorford entre el centro de mando en Nodicia y el camino a Darón tras derrotar plenamente a los invasores. Las comunicaciones mostraban la Compañía Verde a mando del Sargento Faeston en condiciones perfectas para el ataque frontal al fuerte Gazne, estas comunicaciones empero, estaban retrasadas por cuestión de quince minutos. Cuando el presente, Teniente Coronel Feaston, dio la orden de ataque, no previó el ataque por el sur de los invasores que dejó como saldo doce muertos, entre ellos el Sargento Feaston. La operación, pese a este contratiempo fue una victoria indiscutible, la última baja enemiga y la toma del fuerte Gazne, así como el aseguramiento de Darón se registraron en punto de las 1600.
 Aquella noche lloró hasta quedar dormido.  
A la mañana siguiente, con una taza de café recién servida se sentó frente al escritorio. La mala noche hacia eco de presencia en sus facciones demacradas. Su Teniente en Jefe le ahorro al informe de la noche, le dio la mano y una pequeña palmada en la espalda, le sonrió apenas y salió de la oficina.

A media tarde escuchó por la ventana la llegada de la brigada de caballería, setenta y seis jinetes llegaban a reforzar una guarnición de doscientos cuarenta y tres hombres, seis cañones aprovisionados para ochenta y tres días a lo máximo. A pesar de todo, había logrado avances impresionantes en la defensa de la frontera.  Se miró en un espejo, se rasuró perfectamente la barba de tres días y se sentó de nuevo en el escritorio que parecía robarle todas las fuerzas.

Con apenas fuerzas escribió en un pergamino nuevo adjunto al informe de la operación  

Cuando se fue de casa llegó a Malpreno, me buscó y a poco no encontramos. Me informó sobre la riña que tuvieron, no tuvo corazón para regresarlo a casa, lo enlisté bajo mi mando. A las pocas semanas fue requerido en la corte para servicios al duque de Lavión, donde conoció a la dama de compañía de la duquesa, jamás pude retener su nombre. Al poco tiempo contrajeron nupcias. Me pidió dinero prestado para una casa y no pude negármele. También me hizo prometer que no te escribiría acerca de su paradero, y con todo el profundo dolor de mi pecho, tampoco pude negármele. En esa casa ahora lo esperan ella y un precioso gato que rescató después de haber sido atropellado por un caballo. Madre, Keon Feaston fue un hombre honrado  y trabajador, amado por su esposa y respetado por sus compañeras. Madre yo también lo amé como nunca pude quererlo en casa, murió con tu nombre en la boca. Te ruego me perdones por haberlo ocultado, pero sobre todo, te ruego que me perdones por haber mandando a la muerte a tus únicos hijos. 
Con todo el arrepentimiento del mundo
Teniente Coronel L. Feaston

No hubo necesidad de tachar nada, la bala que mató al Coronel dejó un rastro de sangre que dejaría aquel pergamino tan inservible como todos los otros en los que no había podido pedirle perdón a su madre. 

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Este es el segundo cuento escrito para Sharoon con una linea, algo modificada, que me regaló. Siento que el original, que no tiene nada que ver con este, no puedas tenerlo (dado que ya no existe). Ojalá te guste.

domingo, 5 de diciembre de 2010

F20.00

Intentó apagar la radio, pero el radio estaba ya desconectado. Miró con realización la ventana, camino como caminaba desde hacía un tiempo, lenta y parsimoniosamente; cerró la pequeña rendija que quedaba entre el marco y el cristal. Frunció el ceño. Revisó palmo a palmo la habitación que se sabía de memoria. Por fin, rendida ante su búsqueda fútil se dirigió hasta la sala “Recámara,” se recordó “es mi recámara desde que no puedo subir esas endemoniadas escaleras.”

La mañana siguiente esperó un rato. Silencio. Sonrió, una pequeña sonrisa de triunfo, pero también de una expectativa cumplida. Nada raro se dijo, todo había sido producto del cansancio. Ahora se cansaba mucho más que antes, y eso que ahora no hacía nada de lo que antes le tenía ocupada todo el día. Desde que Maurice había muerto la casa parecía no necesitar ese glamur que antes exigía a gritos para combinar con la pulcritud militar de su marido. Se dirigió a la cocina con la cadencia armónica de una canción que va acabando y se detuvo en seco. Coincidencia tan extraña que la vecina, una chicuela de unos 20años también se debatiera entre calentarse un  vaso de leche y comer galletas, o si prepararse una avena de canela con manzana. Sonrió distraída pensando en si ella a esa edad también habría meditado tanto antes de optar por las galletas y la leche.  No fue sino hasta que, ya sentada en el antecomedor, mientras daba la primera mordida, que la chica también se arrepentía de no haber elegido la avena. Se sobresalto no más de lo normal. No existía posibilidad alguna de que, en el antecomedor, dos cuartos de distancia de la única pared contigua, el sonido se traspasase y se oyera tan claramente, sobre todo si tomaba en cuenta que su sentido del oído no es lo que fuera antes.

“No te quejes,” reprimió una voz más seria, madura, y conocida “siempre te han gustado las galletas en el desayuno, el avena es para las viejas chochas.” El comentario le pareció de lo más gracioso. Maurice siempre le recordaba que uno nunca se hacía viejo hasta que se pasaba los días solo en casa, escuchando radionovelas, acariciando un gato y comiendo avena. “Pero si solo te falta un gato, o una docena de gatos Miriam” escuchó, o creyó haber escuchado. Nadie la había llamado Miriam desde que Maurice murió. Para el cartero y para la vecina era Señora  Nicolet, para sus nietos Abuelita, para sus hijos… bueno también habían muerto ya todos sus hijos y ellos se limitaban a decirle Mamá.

Decidió sentarse en su sillón favorito y encender el radio. “No me gusta la voz de la protagonista,” escuchó claramente “mejor hay que esperarnos hasta el programa de las 12.” Era una cosa ciertísima, a ella, o alguna parte de ella, nunca le había gustado la voz de la protagonista. “No te gusta porque te recuerda a la voz de tu hermana.” dijo la voz que se parecía tanto a la de Maurice.  En ese momento Miriam se levantó rápidamente, camino tan veloz como se lo permitían sus rodillas viejas y levanto el auricular. Buscó en el cajoncito de la cómoda la agenda y marcó el número que había marcado tantas veces en los últimos años…“Buenas días ¿María niña, comunícame con el Dr. Lambert”

Antes de que el doctor pudiera contestarle, se desató una intensa discusión entre sus orejas. “Y dale con el Dr. Lambert, ese viejo no sirve para nada.” “Miriam no hables así del buen Lambert,” reclamó Maurice “siempre apoyó a la familia”.  “Para apoyarse ya tiene andadera Maurice,” dijo la voz joven.
“Bueno ¿bueno? Señora Nicolet ¿Miriam? ¿Miriam se encuentra usted bien?
“Doctor Lambert, Doctor… las voces regresaron.”
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“La Sra. Nicolet fue tratada con 20mg de haloperidol durante las 2 primeras semanas. Las voces disminuyeron gradualmente en frecuencia e intensidad, y las sensaciones somáticas desparecieron totalmente. Comenzó a comprender que las voces eran producto de una enfermedad pero parecía algo desilusionada cuando cesaron completamente. Dijo que, después de todo, las voces habían sido “una buena compañía” la mayoría del tiempo.”[1]
[1] Üstün, T.B.; Bertelsen, A.; Dilling, H.; Van Drimmelen, J; Pull, C.; Okaska, A.; Sarotius, N. (Coord.). (1999). Libro de casos de la CIE-10. Madrid, España: Editorial Medica Panamericana. P.71