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miércoles, 2 de julio de 2014

Misivas I

Chantal: Cruzar de Suiza a Alemania en Constanz sería imperceptible sino fuera porque, atrevazada la calle fronteriza, la Ciudad en el Lago te da la bienvenida por un pasilloo-puerto-malecón con un tráfico peatonal solo equiparable -según la televisión/ a las calles de Manhattan.
 Imagino que pensé en eso, o tal vez en Disney, de lo que estoy seguro es que por primera vez, tan cerca de llegar a mi destino, paré. La población de la isla consta de (mayor a menor) Universitarios, Turistas, Banqueros vacacionando, familias de alguno de los grupos anteriores. Al bajar de la bicicleta para come algo pensé en tí -te presentí ¿postsentí? ¿sentiyecté?-  Hay algo en desmontar en un bar en la costa de una isla para pedir una cerveza -recibir 2lts de la misma, tomarla- comer una ensalada; la libertad de ir y venir, de gastar en cinco bolitas de helado [receta de la felicidad en alemán, lo lamento] de ver el partido ecuánime hasta el primer paradón y gritarlo...algo, tal vez todo, Chants, que te pertenece.  [17-06-14// 02-07-14]
 Pd. Todavía me falta enseñarte a andar en bicicleta. Santo remedio.  
                                                                    *
 Andrés: Hoy, fuera de todo itinerario, me paré en la playa de un lago. El agua helada, el viento frío, el sol quema y un inflable me presume su presencia a 200m de la orilla. Me tomó mucho más tiempo de que te hubiera tomado, lo sé, pero lo hice. 
Hoy me paré en un lago y te reté a una carrerita hasta el inflable. [18-06-14// 02-07-14] 
                                                                               *
Annina: Es cierto que yo les gané a todos en el grupo, pero ya habíamos ganado en conjunto cuando tú nos visitaste. También le ganaste al resto de la humanidad en ser, hoy y para siempre, la primera persona a la que visito en otro contintente.
Colonia tiene una de mis tres catedrales favoritas, uno de los dos climas más caprichosos, y una de las personas más chingonas que conozco.  [*19-06-14// 02-07-14]
                                                                               *
Yasser: Ni tú ni yo sobreviviríamos juntos en Amsterdam. Nos desfalcarían en un día, nos arrestarían al segundo, nos deportarían la mañana siguiente.  Ojalá podamos ir juntos. 
                                                                               *
Enrique, Nayeli: Pude haber parado a las afueras de Edam, en una gran curva, aún en la playa, se leían las señales de campamentos. Detrás de mi la tormenta que me perseguía desde Marken empezaba a robar terreno. 
Un belga me dijo que con el viento a la espalda y sin carga podía pedalear hasta a 30km/h. Yo recorrí los últimos 19km con el viento noroeste-sudeste dándome de lleno en el balance; jamás superé los 12km/h pero por el amor alas rodadas nocturnas !carajo nunca bajé de 7!
A veces es orgullo, otras tan solo probar límites, esta vez fue diferente ¿cómo me iba a para si ustedes dos me venían cortando el viento?   [24-06-14// 02-07-14]
 
 
 

martes, 10 de junio de 2014

A propósito



Quien muda con frecuencia sabe que hay dos maneras de hacer maletas. Puedes, como mi abuela, enlistar cada una de tus medias, ordenarlas para optimizar espacio y repetirlo con el resto de las cosas. O, puedes, como mi abuelo, arrojar tus libros favoritos en una mochila, el dinero que te queda, y cerrarla antes de que algún pantalón oportunista se cuele y te estorbe el equipaje.  Quien muda poco no tiene idea de cómo hacer maletas y piensa, ingenuo, que debe llevar solo lo justo y necesario.  
            Aquella vez, sabiendo que no sabía hacer maleta, y sabiendo que quien no sabe trabaja más, decidí mudarme casi sin mochila. Los cambios cuestan; compré el guardarropa nuevo, libros nuevos, dicen mis amigos que incluso me compré un acento.  Estoy seguro que dejé además de las cosas, una forma de sonrisa y varias muecas.
            Todavía no estoy seguro de que los cambios sean cambios cuando te regresas.  Hay unas partículas cuánticas que se van de vez en cuando pero siempre vuelven y, como regresan siempre, los físicos deciden que nunca se fueron. Mis amigos son físicos y me ahorraron la pena de recordarme que regreso derrotado; mis nuevas amistades son humanistas y no han dejado de recordarme que vengo de vuelta, que me fui un rato y que regresó otro.
            La incertidumbre de Heisenberg ya no me aterra. Creo que acepto bien los cambios medios, los pseudo-cambios; prefiero saber a dónde voy ignorando la velocidad que irme de lleno sin saber a dónde. Todavía me queda algo de físico, creo, pero me alcanza para algo de poeta.
***
 Algunos sabrán que me voy de viaje un rato, lo más probable es que eso repercuta en el blog. Espero escribir con más frecuencia y también espero que la conversación siga en los comentarios. Tanta suerte y hasta pronto. 

lunes, 23 de julio de 2012

Brettaniai

-Pasarán cien años… ¿lo entiendes? Yo estaré muerta y pasarán cien años.-
Se tumbó en la cama de pasto que había crecido en las últimas semanas del verano tardío. Por gracia o por instinto había dejado reposar su cara al somero cobijo de un abedul. Se retorció un poco al sentir la picazón de las agujas verdes rozarle los brazos y no paró hasta que el último esbozo de la única nube en el horizonte hubo desaparecido.
Me senté a contraluz y le pedí que me contara sus sueños.
-Estoy en medio de una isleta, - dijo con la voz propia de los durmientes – La isleta corona la cima de un monte, pero no lo toca. Sobre mí flota otra isleta y de su borde cae un río variopinto que me moja los pies. – En ese momento interrumpe su discurso y ríe mientras mueve distraída sus piernas.
La cálida tarde recibe con gusto una brisa fresca que alborota las ramas del abedul. Ella aprieta sus brazos contra el cuerpo y se arropa en una manta imaginaria.
-La isleta se mueve en el vaivén del viento y pronto la cascada me empapa hasta la cabeza. Intento alejarme de la copiosa caída pero la tierra cimbra y temo caer.  Sé ahora que está amaneciendo. No sabía que era de noche, pero sé ahora que está amaneciendo. Caigo en la cuenta de que ya no hay monte debajo de mi isleta, y ahora que lo pienso tampoco estoy en una isleta. Me encuentro sentada en loto sobre una columna de mármol y me veo de reojo, como en un espejo… Me veo y no me reconozco, sé que soy yo, pero soy otra.-
           La veo erguirse de su lecho y, sin saber por qué, me da un escalofrío. Se acerca con pasos delicados y me percato de que no hay sonido alguno. El viento agita sigiloso las ramas, un ave canta sin voz y yo ahogó un suspiro.
Se sentó encarando al sol, sus ojos verdes destellaron al pasar los rayos.
-La columna se hunde en la arena con un plácido movimiento. Ando descalza sin sentir el bravo sol bajo mis pies.  Hay una sombra, pero no hay nada que la proyecte. La sombra es tu perfil.-
La sentí acariciar mi mejilla e intenté moverme, pero no pude. Su tacto terso se me antojó pastoso y vi entonces que de sus manos brotaban hojas. Me besó la frente y me rendí ante el candor de sus labios. La escuché sollozar y sentí de pronto la corriente de un río policromo empaparme el cuerpo.
De sus ojos emanaba la fuente, y de su boca un susurro…
-Pasarán cien años… ¿lo ves?-

domingo, 4 de diciembre de 2011


Sé que algo se rompió en nuestra última discusión. Fue como sentir, tras intentar acelerar rompiendo la curva de los trescientos metros, un tirón preciso, dar tres pasos descoordinados y caer de bruces sobre el tartán.  En pocas palabras, sé que algo se rompió en nuestra última discusión, en un solo movimiento, en una decisión que antes de terminar de formularse en la cabeza ya sonaba a desastre.

No fue como cualquier otro momento en que la decepción te sobrecoge cuando ves perdido algo. No fue como con aquellas que habían sido procesos largos donde todos los pasos de la pérdida estuvieron presentes. No fue la larga tarde en que fumaba un cigarrillo sobre el alfeizar mientras ella lloraba en silencio sobre la cama. No fue tampoco un fatídico y patético intento por iniciar una relación formal con un regalo demasiado caro y una honestidad bastante pobre…

Fue una decisión algo consciente, en un momento determinado. Y fue como sentir que jamás podría volver a correr los cien metros.

Creo que fue entonces, cuando decidimos darnos por vencidos, que perdí mi último lazo. Lo perdí con la pista, con la capacidad para llenar todos mis diálogos con insinuaciones que solo tú captabas… Se rompió el último puente que me quedaba para ir ahí todas las mañanas y saberme unido a todo lo demás…
Sé que la mayoría de los pacientes mentales con inhabilidades sociales muestran sus primeros síntomas concluyentes en  los primeros años de sus veintes. A veces me gusta imaginar que lo que sentí que se rompía cuando le dije adiós a la posibilidad de volver a besarte fue mi cordura.  Otros días, más que solo sospecharlo, estoy convencido de ello.

Pero más allá de si mi locura es un hecho, lo cierto es que sentí que se perdía el último vínculo que me unía a un yo pasado.  Cerrar el capítulo contigo fue como acabar un libro entero. Era obvio que los clinghangers dejaban a entender una secuela… pero la secuela empieza con un capítulo difuso en que el protagonista no tiene la más remota idea del problema, y para hacerlo peor, pasadas ya varias páginas el lector tampoco estaría  muy seguro de la trama.

Hoy por ejemplo imagino que el concepto es bastante claro. El hombre, ahora el niño se da cuenta de que es hombre, asume la responsabilidad de haberte dicho adiós y se compone inmediatamente ante las circunstancias. Encuentra el reto de no tenerte presente en sus objetivos como una decisión madura y una oportunidad para empezar cualquier cantidad de aventuras enmarcadas dentro de una prominente carrera.
Pero como crítico me detengo rápidamente. El estúpido protagonista carece de la fuerza para mantener aquella convicción con la coherencia interna de sus arrojos emocionales. Supongo que por eso en mi historia me siento a escribir esta entrada de libro, poniendo en boca ajena lo que pienso del personaje que aún no formulo del todo bien para el resto de la obra…
Sé que algo se rompió. Tal vez mi último pedazo de entereza. 

martes, 31 de mayo de 2011

Lo común y lo peculiar


-Disculpa- lo digo más como perdón que como permiso y me escabullo entre la gene apretujada del café. 
 El olor especial a humano-perro-ropa-periódico mojado sumado al tueste de los granos es una combinación tan común como peculiar y de alguna manera proco clara me agrada y me deprime un poco. Pido alguna bebida caliente, si estuvieras tú habríamos pedido lo de siempre, pero sin ti, esas particularidades sígnicas se vuelven baladíes.
Sobre la pared que forma la multitud, a unos pasos de la entrada, bajo la llovizna aciaga, mi bicicleta permanece atada al único farol con luz en cuadras. Agradezco por primera vez en años la quema insana de petróleo que mantiene encendida el local y doy un trago lento, satisfecho de mi honesta incongruencia.
No hay lugar dónde sentarse, a diferencia del torrente de agua, la gente parece haber llegado a algún tipo de acuerdo no escrito y pacífico que constataba la imposibilidad de reunir  más cuerpos en el café.  El hecho, tan común como peculiar, me mantiene entretenido el pensamiento. Toda sarta de estupideces e hipótesis legítimas, sinapsis suicidas que nunca se consolidarán en proteínas, repiquetean el neocortex sin mayor efecto que el que las gotas que vienen a escurrirse sobre la ventana del lugar. Luego, divertido, imagino a unos seres en el cerebro escondidos en algún café abstracto, refugiados de las tormentas patrocinadas por las neuronas. Los imagino quejándose del mal tiempo, de las borrascas constantes, del cambio climático palpable. Los veo teorizando sobre el asunto, leo en sus pequeños diarios que celebran a sus compatriotas por encontrar correlaciones bilaterales entre los años de estudio y los males climáticos que los acechan. También leo las controversias, la eterna y disfraza lucha entre los hemisferios que culpan el uno al otro de tan desgraciada situación.  Tomo distraído otro sorbo mientras sonrío internamente, algo empero, acelera mi ritmo cardíaco a una velocidad de infarto y me levanto instintivo hacia la puerta.
La bicicleta sigue en su lugar, iluminada. Pero no está sola. Bajo el haz de luz, la cortina de agua se rompe a cada paso de tu figura. Caminas empapada. –Disculpa- dices pidiendo más permiso que perdón y te haces paso entre la gente que, sin notarlo, te da un pasillo para ti sola. Pides un chocolate caliente mientras te desprendes de lo que pudo haber sido cualquier suéter, pero que resultó ése, azul celeste, tejido con un patrón discreto que de alguna manera le hace resaltar entre todos los suéteres azules celeste. Él hombre que te atiende, sin saber muy bien por qué, te ofrece inmediatamente una toalla.  Doy un paso hacia ti.
En un café hipotético y abstracto en algún lugar de mi encéfalo, los habitantes renuevan sus quejas, airados. Culpa un hemisferio al otro. Las neuronas no se dan descanso. El Partido Hipotalámico parece tomar el poder y la fuerza de la tempestad se multiplica.
Terminas de secarte y nos sorprendemos ambos, de que al retirar la toalla de tu cara, esté yo, invadiendo tu campo visual. Me sonríes y sonrío yo nervioso, consciente de mi torpeza. La tormenta eléctrica que dirige el casi desbordado torrente sanguíneo conjura su potencial y me ruega que te diga la verdad, toda la verdad, solo la verdad. En algún recóndito lugar, el lenguaje hace acto de presencia. Quiero sonreírte y susurrarte incrédulo: ¡en verdad existes! Pero fallo ante el esfuerzo titánico del pensamiento, tan común como peculiar, y solo logro balbucear un hola.
Te invito a sentarte conmigo y recuerdo demasiado tarde que no tengo mesa alguna, murmuro algún tipo de maldición y otro tipo de disculpa. Imagino que sonríes por mi torpeza, pero también le atribuyo a tu sonrisa más satisfacción que burla. Por primera vez en años, acopio de toda voluntad, pregunto tu nombre. Sé, empero, que el sustantivo propio pronto será sustituido por el pronombre de la segunda persona, no serás sino tú, tan común como peculiar. Doy un último trago lento a mi chocolate caliente mientras sonrió, satisfecho, de mi honesta incongruencia.




martes, 24 de mayo de 2011

Deliramentum

Suponer llena la cabeza de incoherencias gramaticales, inventos de tiempos y verbos inconjugables.  Suponer también me lleva a ti y a ese tipo de nostalgia que es imaginar un futuro imposible.  Esquivo el bache que no veo pero intuyo, salir por la noche en esta calle mal alumbrada es mala idea; escucho el motor de un auto viejo y me alegro, su velocidad lacónica alumbrará el resto del trayecto.  Lo que también me acompaña es tu recuerdo, entremezclado, a fuerza de voluntad, con la memoria de las tablaturas de esas canciones que toco para callar el estruendo del silencio de mi cama.
          Suponer, chaquetas mentales, solipsismo. Salta el tope. Recuerda G7, 7 A5, 5, 7, 7.  Sigues pedaleando y pronto todo cesa, todo menos el ritmo jadeante del mecanismo simple que llora por el esfuerzo, aunque tal vez seas tú, es decir yo, y tu falta (la mía) de capacidad pulmonar. Las piernas arden, la memoria duele, la imaginación da esperanzas faltas y las calles mal alumbradas dan miedo. 
        Todo esto tiene moraleja pero no la encuentro. Ojalá la encuentre tú, o ella. O yo, en un futuro próximo, cuando me relea y exclame ¡cuántas pendejadas! 

sábado, 16 de abril de 2011

Murmuris obtrectator

Yo sé que ese de voz reverberante dirá que existen límites interpretativos, y concuerdo… Pero ¿has notado que los adjetivos posesivos que poseen homónimos no llevan acento? Me gusta pensar que en algún momento, tal vez fue el Quijote, alguien notó que acentuar la posesión individualista carecía de sentido.
Nuestro tampoco lleva acento, y es una pena, una pena para los colectivistas. Pero no para mí. Mira qué bonito se acentúa el I en mí, como I, ese yo en ingles que me es tan fundamental. Pero nada, no hay acentos.
Y, caray, si no puedo tildar lo que supongo mío, mira si pude. Pero si no pudiera. Al grano, mi propio argumenta me invalida.
Igual pienso que algún significado hermenéutico ha de tener. Algún esotérico al acento le dará propiedades míticas; ya lo veo venir; la maldición. ¿Cómo era? ¿Quién la dijo? Ya lo recuerdo, y dijo así: Que te cae el sol, y te da el cáncer.  Solo un sol, y además, te cae; mierda terror absoluto; para colmo lo sobrevives, pero acentuado, el cáncer; que también es sólo uno, porque cuando lo tienes, ¿qué importan los demás?
Aunque mira, demás, sí se acentúa. Y mientras busco qué demonios significa, o de dónde viene, noto 2222 correos; seguro se enfatiza, con tú como posición privilegiada.
Mira ya no me quedan tuercas, pero procuraré, cuando encuentre alguna, dejarla ahí, por si pasas. Tampoco me queda esperanza alguna de hacer sonar las cuerdas, lo que hago que suenen son siempre mis palabras.
Algún eje tenía esto, mira ún, que sólito se pierde, porque sólo se enfatiza. Tal vez no quede nada claro, y tal vez ese Eco tenga toda la maldita razón; habrá un límite, ahí te dejo, amigo… a tu interpretación. (Curioso, no parece que se tilde el adjetivo posesivo, pero en el ión [del griego que va] pierde y da algo, y nos carga)

sábado, 1 de enero de 2011

Los primeros de enero...

Los primeros de enero casi siempre me siento triste.  Para empezar me suele amanecer entrada la tarde, y para terminar suele la tarde recordarme a media penumbra que el año nuevo y el viejo es la misma tela con otro corte.
Supongo que tiene que ver también el hecho de no hablarte. De que las palabras se queden en el estomago, revolviéndose constantemente para decirme que no tiene sentido alguno salir cuando adentro es tan cálido y conocido.
Los primeros de enero les digo, tienen ese algo que me invita a la vez  salir de la cama y vestirme para la mejor ocasión, y regresarme bajo la colcha con la pijama rota y una sudadera vieja que uso en los meses de frio.  A lo mejor es como dice mi prima y es que el año aún no empieza, que los años empiezan el segundo… será que el primero es como esas veces en que no sabes bien si estas aún dormido y soñando o si solo, apenas despierto, transformas las luces y sonidos en elementos oníricos de la más real magnitud…. Ha de ser que el primero de enero es como cuando no terminas de morir y ya estas renaciendo, ese limbo absurdo que te deja con nostalgia y te llena de expectativa, y luego además, encima tienes el peso de recordar todos los otros limbos, los otros primeros de enero, donde con verdadero ahínco pusiste los propósitos en charola de plata con guardias reales a su lado protegiéndolos de la adversidad, para después leerlos y reírte, de haber escrito lo mismo la ultima vez, y solo haberlos cumplido a medias.

Los primeros de enero casi siempre me siento triste. Será que así fueron los otros y, por costumbre, no tiene sentido alguno salir. 

domingo, 11 de julio de 2010

Respira.

Perdido en una realidad absurda, observo. El cielo se ve tras el parabrisas, y la lluvia escurre por los marcos sin tocarme. El radio no funciona y casi a conciencia me pierdo de la música del rededor… en cambio en mi cabeza truena el rayo de la memoria y fulmina, como al árbol, a la torre desierta en la que descanso mi existir.

Se levanta tras de mí un violín y me despierta. Y prometo que no busco entrometerme pero a tu vida parece funcionarle la mía, aunque mientas y mintamos. Y aquí, en la cama entre ventanas, el frio lucha por calar más profundo… y mis huesos cual anciano… aún así me sobren las cobijas y del colchón me resta un rato, ya no aguantan.

Yo tampoco sé dónde está tan magnífico animal. Y también me parece inestable la estructura. El dibujo de la llanta crea estelas uniformes en los ríos fabricados del concreto… pero no son estelas en la mar, y los caminos ya están hechos. Y me huele el mundo a nada, porque dentro de este auto-cama-torre observo, perdido en una realidad absurda.

Respira toro, respira… que para vivir solo aire necesitas.

jueves, 17 de junio de 2010

Desfasado...

Irresponsables
Irresponsables y perdidos
Irresponsables perdidos y felices
El pie sobre el estomago
El cubo girando sobre el eje
Los reproductores morados
La tarde que huele a lluvia
Y la lluvia que huele a mentira
Tú entre mis recuerdos,
pero perdida…

Las escaleras dominadas por un árbol
El bote tumbado bajo el vano
Las rastas levantadas contraviento
Y tú en mis recuerdos
Irresponsable
Su abdomen en línea curva
Sus lentes reflejan naranja
Aquellas palabras incautas
Y el tiempo medido a zancadas
La celda en el cuarto, encerrada
Y tú en mis recuerdos
Perdida
Feliz
Irresponsable…
Aun me miente el cielo…
Tu hoy como siempre;
como si nada…