El tranvía es un transporte ambivalente, uno ahí adentro no siente que va en reversa como en los trenes viejos, pero tampoco siente que va para adelante. A lo mejor por eso nos contentamos en llamarle tren ligero. No había manera de moverme sin molestarla; estaba absorta en su lectura cuando vi entrar a Roberto por la última puerta del último vagón; me hizo un gesto con la mano para que me acercara y no supe más que encoger los hombros. Anticipé su intención de lanzar una leperada, le hice señas desde mi asiento para que se callara; frunció el ceño; encogí los hombros y señalé a mi vecina.Era la primera vez que me sentaba a su lado, pero ya la había visto antes. Toda esa semana nos encontramos en el mismo vagón a la misma hora. Era una suerte ambivalente, como el maldito tren ligero. Durante tres días la había visto con la nariz metida en un best seller gringo, una novela para Young Adults –young adults, pensé el primer día e intenté sonreír pedante hasta que la sonrisa me atrapó la lengua; yo acababa de leer el libro y recomendarlo, en la vergüenza más pura del ego sonreí de todas formas; ella lo leía en español-. Era una chica linda –de buena casta hubiera dicho Roberto- tenía unos labios de antojo y una sonrisa apagada, pero lo que me interesó no fue eso. Confieso que su cara la vi después de ver el libro, el afán era encontrar la parte exacta de la historia en la que se encontraba para regodearme de saber algo que ella no sabía, algo que le iba a doler y sin posibilidad de lágrimas por encontrarse en público. Pero antes de descubrir el capítulo vi sus ojos: eran unos ojos negros –aunque no existan- una cueva o un vacío que abiertos sobre el papel parecían robarse la tinta de las palabras; esa mujer no leía, su alma tragaba palabras como los ahogados tragan aire.Seguía con el libro en mano y dudé seriamente. Por un lado era posible que releyera la misma historia cada día –cada quien sus santos-, por otro, leía con tal intensidad cada línea, cada párrafo, que se me antojó la idea de que, como el tren en el que íbamos, cumplía naturalmente las moralejas de Esopo. Vibró mi celular en el momento justo en que se detenía el vagón en la estación de Huipulco. Era un mensaje de Roberto “A ver si un día se te quita lo puto, ya háblale.” Desestimé su idea. ¿Qué iba yo a decirle a una mujer que repetía su historia favorita cada día? O, peor aún ¿Qué podía decirle yo, que suerte de palabra podía sacrificar, que valiera la pena? Se removió en la silla y apagué inmediatamente la pantalla del celular, si leía ese mensaje, como leía su novela, quedaba perdido para siempre.Fue entonces cuando reparé en la fecha. Insisto que era un día de suerte contrariada. Todo tenía sentido o, mejor dicho, nada lo tenía. Era jueves, un jueves extra, un otro jueves. Había razón entonces para saber por qué no podía hablarle, no lo tenía permitido. Júpiter estaba marcado para siempre como el día en que hablaba contigo; contigo y nadie más. Cuando juntábamos esbirros de palabras y las martillábamos hasta que supieran decir lo que queríamos, cuando luego juntos las leíamos –nuestras- y dejábamos que fuera el silencio nuestro mejor crítico. Era jueves y además la lluvia amenazaba. No podía hablarle a la mujer, lo noté entonces, que no leía intensamente, ni leía la misma historia: era una coincidencia que trajera ese libro que te dije que leyeras, una vil coincidencia que no significaba nada: era su torpeza y lentitud, era el desinterés lo que la llevaba leer el triste panfleto de 100 hojas solamente sobre las vías del tren ligero: una lectura ligera para una vecina ligera a la que le había dejado caer el peso de tu imagen.Cómo iba a decirle algo si lo que yo en verdad quiero es contarte de como aquel profesor cubano que tanto admiramos le dijo a mi entrevistadora, sin un atisbo de duda “Sería un lujo tenerlo”. Si yo quería contarte por ejemplo que en menos de una hora tu hermana me había reconocido a la distancia y había preguntado ingenua si venía contigo y luego tu prima apresurada se detuvo para saludarme saliendo del colegio. ¿Qué le iba a decir a esa mujer que por mi mente truculenta pretendía usurpar tus ojos-cueva? Yo no sabría decirle nada que no fuera tu nombre, seguirlo con el respiro de vainilla y coco, y luego con la seriedad que sólo tu podías negarme, contar la historia de cómo la maestra que me cedería uno de sus grupos en preparatoria conoció a mi abuelo: fue su vecino en los últimos años de vida, que se enteró por verme en Facebook en la foto de mi primo el chico que es gran amigo de su hija; que le emocionó meramente conciliar que su hermano trabajó durante años con mi padrino y que todo esto me parece, más que coincidencias burdas, justicia poética; que terminara yo ahí metido, dando clases a sus niños.No sé cuándo se habría bajado mi vecina, no le di importancia. Era jueves, ya llovía, el tranvía no iba para atrás ni para delante. Me bajé en Xotepingo, no quería ver la esquina en la que una vez nos despedimos aunque dijeras que estaríamos juntos toda la vida. Corrí hasta la casa, pensé en el libro que me recomendaste en contrapartida. Noté al abrir la portada otra coincidencia, yo no he dejado el colegio, no puedo todavía; así que subiré a la bicicleta –a falta de ciruelo- para declamar a gritos las razones por las que todo importa, todo, hasta mañana en que me suba al tren ambivalente, hasta que no sea jueves y no llueva y no encuentre en cada rostro al dios chiquito que me lanza rocas y me pide que te escriba todavía.
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jueves, 29 de mayo de 2014
Tranvía
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martes, 31 de mayo de 2011
Lo común y lo peculiar
-Disculpa- lo digo más como perdón que como permiso y me escabullo entre la gene apretujada del café. El olor especial a humano-perro-ropa-periódico mojado sumado al tueste de los granos es una combinación tan común como peculiar y de alguna manera proco clara me agrada y me deprime un poco. Pido alguna bebida caliente, si estuvieras tú habríamos pedido lo de siempre, pero sin ti, esas particularidades sígnicas se vuelven baladíes.Sobre la pared que forma la multitud, a unos pasos de la entrada, bajo la llovizna aciaga, mi bicicleta permanece atada al único farol con luz en cuadras. Agradezco por primera vez en años la quema insana de petróleo que mantiene encendida el local y doy un trago lento, satisfecho de mi honesta incongruencia.No hay lugar dónde sentarse, a diferencia del torrente de agua, la gente parece haber llegado a algún tipo de acuerdo no escrito y pacífico que constataba la imposibilidad de reunir más cuerpos en el café. El hecho, tan común como peculiar, me mantiene entretenido el pensamiento. Toda sarta de estupideces e hipótesis legítimas, sinapsis suicidas que nunca se consolidarán en proteínas, repiquetean el neocortex sin mayor efecto que el que las gotas que vienen a escurrirse sobre la ventana del lugar. Luego, divertido, imagino a unos seres en el cerebro escondidos en algún café abstracto, refugiados de las tormentas patrocinadas por las neuronas. Los imagino quejándose del mal tiempo, de las borrascas constantes, del cambio climático palpable. Los veo teorizando sobre el asunto, leo en sus pequeños diarios que celebran a sus compatriotas por encontrar correlaciones bilaterales entre los años de estudio y los males climáticos que los acechan. También leo las controversias, la eterna y disfraza lucha entre los hemisferios que culpan el uno al otro de tan desgraciada situación. Tomo distraído otro sorbo mientras sonrío internamente, algo empero, acelera mi ritmo cardíaco a una velocidad de infarto y me levanto instintivo hacia la puerta.La bicicleta sigue en su lugar, iluminada. Pero no está sola. Bajo el haz de luz, la cortina de agua se rompe a cada paso de tu figura. Caminas empapada. –Disculpa- dices pidiendo más permiso que perdón y te haces paso entre la gente que, sin notarlo, te da un pasillo para ti sola. Pides un chocolate caliente mientras te desprendes de lo que pudo haber sido cualquier suéter, pero que resultó ése, azul celeste, tejido con un patrón discreto que de alguna manera le hace resaltar entre todos los suéteres azules celeste. Él hombre que te atiende, sin saber muy bien por qué, te ofrece inmediatamente una toalla. Doy un paso hacia ti.En un café hipotético y abstracto en algún lugar de mi encéfalo, los habitantes renuevan sus quejas, airados. Culpa un hemisferio al otro. Las neuronas no se dan descanso. El Partido Hipotalámico parece tomar el poder y la fuerza de la tempestad se multiplica.Terminas de secarte y nos sorprendemos ambos, de que al retirar la toalla de tu cara, esté yo, invadiendo tu campo visual. Me sonríes y sonrío yo nervioso, consciente de mi torpeza. La tormenta eléctrica que dirige el casi desbordado torrente sanguíneo conjura su potencial y me ruega que te diga la verdad, toda la verdad, solo la verdad. En algún recóndito lugar, el lenguaje hace acto de presencia. Quiero sonreírte y susurrarte incrédulo: ¡en verdad existes! Pero fallo ante el esfuerzo titánico del pensamiento, tan común como peculiar, y solo logro balbucear un hola.Te invito a sentarte conmigo y recuerdo demasiado tarde que no tengo mesa alguna, murmuro algún tipo de maldición y otro tipo de disculpa. Imagino que sonríes por mi torpeza, pero también le atribuyo a tu sonrisa más satisfacción que burla. Por primera vez en años, acopio de toda voluntad, pregunto tu nombre. Sé, empero, que el sustantivo propio pronto será sustituido por el pronombre de la segunda persona, no serás sino tú, tan común como peculiar. Doy un último trago lento a mi chocolate caliente mientras sonrió, satisfecho, de mi honesta incongruencia.
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lunes, 21 de marzo de 2011
Confesiones
Me sobran razones para no escribirte, pero basta una para hacerlo. El hecho es que estás frente a mí, y dos cosas quedan por hacerse. La primera es que me mates, fantasma que arrastras las cadenas de mi pasado, espíritu de venganza de lo que fuimos… la otra es que te torne en letras, y mientras te lean, te fragmentes en pedazos disolutos repartidos entre tantos que no puedas ya regresar por mi cabeza. Sí la primera es sueño, la segunda sería quimera. Pero ni una ni otra ocurrirán, ni hoy ni nunca. Por eso, te escribo, a ti. A nadie más concierne esta hoja que confiesa todo aquello que te callé. Y dado que pienso en este momento dejar de mentirte, tengo que empezar por decir que no me arrepiento.Aquella noche llovía mucho. Recuerdo que habías caminado, nadado, hasta la casa. Llegaste escurriéndote toda. En mi mente, a la luz de unos cuantos tequilas parecías derretirte. Me miraste asustada, supongo que pensabas que yo no debería estar ahí. Sonreíste inmediatamente, te quitaste tu sombrero vuelto paraguas, manchaste la sala con el lodo de tus botines y me besaste tiernamente en la frente. Mi primera confesión es que, en ese momento, yo sabía ya la verdad.Te vi caminar mientras tarareabas esa estúpida canción pop que siempre cantas cuando estas asustada. Escuché el agua de la regadera caer. Como si no hubieras tenido ya suficiente agua, me dije. Después vi el vapor salir de la puerta del baño… como si no hubieras tenido ya suficiente calor, me dije. Mi segunda confesión es que para ese momento ya planeaba matarte. Imaginé cientos de veces como sería todo. Entraría como si fuera a tirar una cagada, no sospecharías nada, me acercaría lentamente hasta la regadera y te atraparía entre las cortinas, acabaría con el oxígeno de a poco mientras que tú probablemente patearías hasta morir. Entraría rápidamente, asustándote, viendo el terror en tu cara, la resignación en tus labios, la imagen misma del reconocimiento de que todo tu teatro se había caído, te empujaría contra los mosaicos, una y otra vez azotaría tu bella cara contra el suelo mientras los hilachos de sangre correrían hasta la coladera. Esperaría hasta que salieras, con las toallas, una sobre la cabeza, la otra cubriéndote los pechos, te dejaría entrar al cuarto, sentarte sobre la cama, te miraría tomar la crema y dispersarla sobre tus brazos, te vería desnudarte de nuevo, y cuando yacieras con tu cuerpo limpio y tu conciencia cerda te atravesaría de lado a lado con el sable que me regalaste de cumpleaños. Mi tercera confesión es que nada de eso sonaba lo suficientemente macabro como lo que realmente quería hacer contigo. Así que esperé y no hice nada.
A la mañana siguiente, cuando preparábamos nuestra salida, te miré a los ojos. De nuevo sonreíste, sabiendo, pues sé ya que sabias entonces, que nada sería como antes. Te acompañé hasta la puerta y te dije adiós con un beso. El último beso que daría. Regrese, satisfecho hasta nuestro cuarto. Encontré, como si escondieras las pruebas, su teléfono. Llamé y su voz tranquila esperaba la tuya deseosa. Así que esperé y no hice nada. Escondido de los espejos, aguardé tu llegada.Entraste sonriendo, y los chasquidos de tus labios besando los suyos encontraron la manera de hacerse eco hasta la recámara. Me escondí tras la puerta del baño mientras ustedes se apresuraban a la cama. El revólver estaba a la vista, precisamente a la mano, en el secreter. Sus manos ásperas y sus brazos fuertes te desnudaron con juvenil desesperación… tú, insoluta acariciabas sus piernas lujuriosa. Mi cuarta confesión es que disfruté verlos en la cama.Imaginé de nuevo lo que te haría. Saldría silencioso, mientras gritabas su nombre y les dispararía a ambos antes de que se dieran cuenta. No; saldría silencioso, y les apuntaría… les llamaría en un susurro, esperaría a ver sus ojos llenos de miedo y luego les volaría los sesos… No. Nada era suficientemente bueno, nunca puede la ficción superar la realidad; Salté con un grito afónico y primitivo mientras hacía carrera contra la cama; él, tanto más joven, reaccionó de inmediato.
Hoy escribo por primera vez en años. Apenas puedo coordinar mis manos con lo que pienso. Aún no hablo. Tus gestos, que ahora recuerdo como en cámara lenta eran del terror más exquisito. No sentí dolor alguno, recuerdo empero el impacto, el calor… distingo en el recuerdo tu voz gritando mi nombre, tu cuerpo golpeando al suyo. No recuerdo nada más. Mi quinta confesión, te aseguro, es que disfruté enterarme de tu huida. Disfruté y aún disfruto saber que no lograron escapar.Me gustaría decir que fue todo planeado, pero fue destino, supongo, aunque truqueado. Supe a unos meses de despertar del coma, que a él, lo habían condenado a la silla, y que tú, casi autista apelaste a tu salud. Hoy que saliste de ese manicomio, mujer; hoy que por primera me visitas en esta cama, aún inválido, te confieso… jamás imaginé algo tan macabro.
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lunes, 14 de marzo de 2011
Por Picacho
Ya a punto de llegar, pero sin estar ya ahí, entra la llamada -Sí, sí sé dónde está el Toks- No es de extrañar, hay cambio de planes. Siempre hay cambio de planes, es como parte del plan, al menos esa parte que nunca cambia. –No gracias, no, en serio, ya desayuné… gracias. Sí, anda, sí, está bien yo me termino tu desayuno, sí, gracias.-
El abuelo pide una Coca con hielos. Al mesero le piden una Coca sin hielos- ¿Tiene hielos la Coca?- El mesero dice no con la cabeza. Todo bien, el abuelo toma un sorbo, -Está muy fría-. Al mesero le piden agua caliente; un chorro, dos -¿ya?- El abuelo dice sí con la cabeza.
Todos los hyospitales son iguales. Peor aún, todas las áreas de cardiología son idénticas. Delante de nosotros en los asientos, un hombre escribe en su celular un mensaje, suenan tanto sus teclas; no es un mensaje me equivoco, es toda una novela. Llaman al abuelo para consulta. El hombre aún escribe; es toda una obra tonal, sinfonía telefónica a tiempo de desquicio, se traga la semicorchea pensando en si ese hecho lleva hache. Al abuelo lo mantienen en consulta tal vez le hagan hoy en eco. El próximo Quijote para extraterrestres se edita a una fila de distancia.
Apenas empieza el día.
lunes, 3 de enero de 2011
Los Comprados
1
El hombrecillo se quitó el sombrero y, por tercera vez aquella mañana, se rascó la cabeza. Miró el forro raído y tomó despreocupadamente una pulga que saltaba de un agujero al siguiente. Aquel sombrero lo había comprado hacia ya muchos años la primera vez que había tenido al mismo tiempo trescientos pesos.
2
Marcela vio salir a su marido y se le retorció el estomago. El último kilo de tortillas lo habían guardado para el desayuno, pero como Salvador empezaba jornada prefirió ella no comer. Ese día, como todos, caminó hasta la carretera, esperó a su comadre, y marcharon juntas hasta Cuernavaca. Ahí en el centro ayudaba a la tía de su comadre, una señora tan arrugada por afuera como por adentro, que tenía ya fama con su comalito y le alcanzaba para pagarle a Marcela y su comadre veinte pesos. Ese día, cuando ya entrada la tarde regresaba del brazo de su comadre por la carretera, le llegó un sopor inesperado y se desvaneció.
Cuando despertó, una señora le echaba aire con un cartón y le preguntaba repetidamente si se había golpeado la cabeza. Marcela lo negó varias veces hasta que se dio cuenta que estaba metida en una camioneta, se sentó inmediatamente y gritó con todo pulmón que la bajaran, que no le hicieran daño, que la bajaran de nuevo, y así como por accidente reparó en que su comadre estaba sentada en el asiento del copiloto; la situación cada vez más extraña dejó en completo silencio a Marcela. La señora sentada a su lado se limitó a abrazarla, a decirle que todo estaba bien, y que la estaban llevando a un hospital.
3
El policía le devolvió su bolsa de papel. Le dio una palmada en la espalda y le sugirió que se acercara a la catedral, que probablemente el capellán le regalaría un pan y con suerte un poco de pollo. El hombrecillo lo miró perplejo, este era el primer policía que le hablaba en mucho tiempo. -Ha de ser nuevo- pensó. Y caminó hacia la Catedral a sabiendas que el capellán no le daría nada, porque eran después de las cuatro, y para esa hora ya habían pasado por ahí el de Ayala y la Señora del Mercado. Al cruzar la calle escuchó un pitazo y el rechinar de llantas, a continuación una serie de insultos sin orden desprendidos del conductor le recordaron que no había reparado en el semáforo, que antes no estaba allí, sino unas cuadras antes, hacia no tantos años, cuando él todavía manejaba.
4
Marcela no dejaba de llorar, no sabía si era de dicha o de desconcierto total. Tal vez lloraba por ambas razones. La señora que la había llevado le sonrió amablemente. Le dijo que sería maravilloso y que no tenía por qué temer. Marcela se limitó a sollozar. Cuando le preguntaron donde vivía, tuvo su comadre que dar las indicaciones. Ya una vez cerca de la casita a medio construir la señora cuchicheó algo con el hombre que manejaba la camioneta. Se le acercó a Marcela y le pidió que llegara mañana, si se lo permitía su salud, a Cuitláhuac y 5 de Mayo.
Cuando Salvador llegó unas horas más tarde le besó la frente. Le entregó un kilo de arroz y se acostó inmediatamente el catre. Al amanecer, después de prepararle el arroz a Salvador, Marcela comió un poco, caminó hasta la carretera y esperó a su comadre. Marcharon juntas para Cuernavaca. Aunque Marcela le insistió mucho, su comadre le dijo que tenía que irse al mercado, que por muy sobrina que fuera, igual y se quedaba sin sus veinte pesos. Así pues Marcela llegó a Cuitláhuac y 5 de Mayo, tocó el timbre de la casa del portón verde y le abrió la Señora con su sonrisa habitual.
En menos de una hora, Marcela se sabía ya la casa por completo, se aprendió todos los cajones de la cocina, memorizó todas y cada una de las medidas de jabón para trapear la cocina y para limpiar los vidrios. Ese día comió por primera vez desde que era niña sopa, arroz y guisado. Cuando terminó de planchar, tocó tímidamente la puerta del estudio de la Señora y le avisó que ya había acabado con todo. La Señora la miró como aprobándola, le sonrió de nuevo, la abrazó y le dijo que le esperara un momento. Al poco regresó y le entregó un billete de doscientos pesos, al dárselos le dijo “Todo va a salir bien Marcela, guárdate ese dinero para el bebé. Mañana llegas temprano porque si no, no hay quien te abra”
Esa tarde, cuando Marcela llegó a su casita, se topó con Salvador, se temió lo peor, ahí tan temprano… seguramente lo habían despedido. Estaba ya a punto de sacar el billete y decirle que todo iba a estar bien, que ya podían terminar la casa, que además iban a ser padres, cuando vio la sonrisa enorme en su cara.
5
Cobija en mano, el hombrecillo se apresuró Yatepec, en una pequeña equina donde nadie lo molestaba nunca. Se acurrucó entre la pared y el farol fundido e intentó conciliar el sueño. Al rato de estar ahí tendido se le enfrió todo el cuerpo, empezó a toser sin respiro alguno y no logró dormirse hasta bien entrada la madrugada. Cuando el sol apenas calentaba el ambiente fresco, el tronido de un motor lo levantó de pronto. Era una camioneta grande y negra. No era ni tan grande, y por alguna extraña razón no le pareció tampoco tan negra, como la que hacía tantos años lo había recogido cuando trabajaba en una construcción en Arteaga. Ese día su vida había cambiado por completo, tanta había sido su suerte que el día se le había quedado grabada en la memoria como pocas cosas. Su Mujer se había sorprendido de verle tan temprano, le dijo que todo estaría bien y que serían padres… él la abrazó con fuerza, le dijo que claro que todo estaría bien, pues tenía un nuevo trabajo, le iban a pagar lo que nunca, terminarían la casita y al hijo, porque iba a tener un hijo, no le faltaría nada.
6
La primera vez que Marcela no se pudo parar por los mareos matinales fue también el primer día que vio a Salvador llorar. Su marido, desde aquella tarde en que llegó con su nuevo trabajo a cuestas, era otro. Esa mañana, mientras tomaban el desayuno, Salvador la miró con unos ojos henchidos y rojos, le susurró algo así como perdóname. Y luego salió de la casa demasiado agitado como para responder a qué hora regresaba. Esa tarde la Señora llegó preocupada, le dijo a Marcela que mejor fueran al Doctor y no regresó sino hasta bien entrada la noche. Salvador por su parte no había regresado. Tampoco regresó al día siguiente, ni al siguiente. Cuando por fin se apareció tenía la cara demacrada, olía a tierra, sudor y sangre rancia. Marcela lo quiso regañar, pero se limitó a lanzarle una olla rota, Salvador la esquivó apenas, se le acerco de apoco. Le pregunto cómo estaba su hijo, le prometió que nunca dejaría que le pasara nada malo, y la besó.
7
El hombrecillo se sacó las botas, miró sus calcetines negros y rotos, los volteó para encontrar un escenario idéntico y se los volvió a poner junto con las botas. Caminó hasta el parque de Borda, se sentó en la banqueta y estiró la mano. Uno y otro transeúnte le ignoraban, alguno que otro le lanzaba una mirada displicente y algunos menos le dejaban una moneda sobre la mugrienta mano.
A las pocas horas se le acercó una familia, el hombre tenía la espalda ancha, andaba en botas, tenía manos arrugadas, era sin duda trabajador; la mujer era de tez cobriza, de ese moreno bonito que atrapa a los hombres de todos lados, entre sus brazos un pequeño bulto en una cobija a cuadros. El hombre lo miró de cerca, le dejó una moneda de diez pesos y una charola de unicel, al darse la vuelta pudo ver el hombrecillo, colgado al cincho, un revolver. El hombrecillo gritó despavorido: -¡No me mates Cazón, no me mates! ¡Ándale Cazón dame tres días, dame tres días Cazón, que te cuesta! ¡Cazón no me mates Cazón!- y a continuación hecho ovillo sobre la banqueta lloró desconsolado.
8
Marcela aún no se acostumbraba a cargar a su hija fuera del vientre. Se sentía a la vez más liviana y más débil. Se sentó en el catre y prendió el televisor. A esa hora a donde la cambiara estaban las noticias. Salvador llegó de repente, el enfrenón de la camioneta despertó a la niña que lloró inmediatamente. Con la camisa empapada de sudor, Salvador entró corriendo al cuarto. Miró para todos lados. Marcela le preguntó mil veces qué pasaba sin encontrar respuesta. De pronto se escuchó otro enfrenón frente la casa. Salvador desenfundó una pistola que traía escondida, Marcela le preguntó algo que se perdió entre los griteríos de afuera… ¡Órale Salvador no nos la pongas difícil! ¡Salte deáy Salvador! Después cesaron los gritos, solo el llanto de la pequeña niña hacía eco en la casita recién terminada. De súbito entraron dos hombres, pistola en mano por la puerta, por la pequeña ventana del cuarto se asomó un tercero.
-Ándale Salvador, quien te viera todo casadote- restalló un hombretón de espaldas anchas- ¿Qué no nos vas a presentar con tu señora esposa?
-Cazón, dame tres días más Cazón, que te cuesta- farfulló Salvador entrecortado por la respiración nerviosa- Tres días más y te tengo lo que perdiste por mi culpa.
-Mira Salvador no nos hagamos pendejos, lo que perdí por tu culpa no lo sacas ni en un año… pero mira, yo veo que eres padre y esposo. Tienes que cuidar a la familia, y pues, pos ora eres hombre buscado Salvador. Mira, hagamos esto, yo te protejo a tu bebe en lo que tú me consigues mi dinero y todos salimos ganando ¿te gusta, o te gusta Salvadorsito?
Marcela miró devastada a Salvador. Uno de los hombres se le acercó para arrebatarle a la bebe de los brazos. Marcela lo pateó con todas sus fuerzas, pero fue inútil. El hombre tomo a la niña que no paraba de llorar. Salvador guardó el revólver -Cazón, yo te tengo tu dinero y tú me devuelves a mi niña- dijo lo más sereno que pudo.
-Pos si eso no está en duda verdad, lo que está en duda es cuanto te me vas a tardar Salvador-
9
La enfermera terminó de tallarle los brazos. El doctor anotó algunas cosas en una pequeña tableta y salieron ambos de la habitación. El hombrecillo se miró en el reflejo de la bolsa de suero que colgaba sobre su cama. Tenía la mirada perdida. Esa noche mientras intentaba conciliar el sueño, escuchó el llanto de un bebe en la habitación contigua… la memoria no se hizo esperar, hecho un ovillo sobre el pequeño colchón, gritó en sollozos que se tornaban alaridos ¡Perdóname Marcela, perdón… perdóname nenita perdón perdón perdón perdópperdoooperjo… Marcela yo no sabía para que querían a mi niña!
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lunes, 20 de diciembre de 2010
De Malpreno a Darón
…llegó a Malpreno, se enamoró de la dama de compañía de la duquesa, se casaron… Paró en ese momento, releyó las primeras líneas, rasgo fuertemente con la pluma y quedó un nuevo trozo de pergamino destrozado. Miró por la ventana, los días perpetuamente blancos de invierno apenas hacían cabida en el final de ese otoño. En el patio dos hombres caminaba lado a lado frotándose la cara cada uno para mantener el calor. Más a lo lejos, unos venados flacos tomaban agua en el riachuelo a lado de las bodegas. Detrás de las murallas bajas de ladrillo rojo, dos centinelas flexionaban las piernas apenas para mantenerse activos. Después de todo el mundo seguía siendo ese lugar, terrible, pero hermoso.
Se levantó apenas escuchó los pasos en las escaleras. Se acicaló un poco, tomo un trago de café y abrió la puerta para esperar al General. Ese día, como el último viernes de cada mes, los altos mandos se presentarían, engalanados como en la corte, para recibir los informes del avance. “General,” dijo complacientemente “el frente es prometedor. Ayer a las 1600 horas tomamos el fuerte de Gazne y aseguramos la aldea de Darón. Bajas enemigas totales, bajas propias doce muertos, tres desaparecidos, tres heridos…”
-Coronel, deje eso para después.- El General había usado ese tono que no dejaba duda alguna, el, al igual que el resto del maldito ejercito lo sabían todo. – ¿Por qué no se toma unos días de licencia? Regrese a la capital, descanse un poco.- Solo le faltó sugerirle que pasara a visitar a su madre.
El coronel lo miró por un momento haciendo acopio de todas sus fuerzas para mantener la calma. “Urgen otros asuntos General, el camino para Darón sigue plagado de zonas indefendibles, los trabajos de atrincheramiento no están terminados… Gazne necesita una revisión completa para las defensas, aquí mismo tenemos que reforzar la seguridad en el ala este…” Pronto se dio cuenta que todos tenían razón, cada uno de esos trabajos eran logrables por cualquier supervisor de tercera, no eran sino escusas para no regresar a casa.
El día se fue acabando y salvo por algunas miradas de condolencia de los cabos, nadie le recordó nada. No que fuera necesario, esa misma noche después de una cena consistente en pan y agua, se acostó a sabiendas de que no podría dormir. Al cabo de unas horas se levantó, encendió la lámpara de aceite y sacó un nuevo pergamino…en casa lo esperaban ella y un hermoso gato, las palabras no me alcanzan para… Se frenó de nuevo. Levantó la vista por la misma ventana y se perdió por segundos en la opresora e inmensa obscuridad.
Un tormenta eléctrica le recorrió los huesos, sintió el sudor frío gotearle por la frente. Lo vio de nuevo entre sus brazos, la sensación era tan viva que sentía la sangre de nuevo en sus manos. Antes de que se diera cuenta sollozaba. El pergamino que había sacado apenas estaba empapado, inservible también. No se tomo la molestia ni de tachar las últimas líneas. Lo repasó todo una vez más. Agotado por el recuerdo, por las sensaciones tan presentes de la batalla, que optó por releerlas de su informe.
El miércoles veintiuno de diciembre del presente, la operación Darón-Gazne emprendió su ataque frontal a las 0900 horas. El batallón a mando del Teniente Sergreid se reunió a punto de las 1000 en la encrucijada de Duorford entre el centro de mando en Nodicia y el camino a Darón tras derrotar plenamente a los invasores. Las comunicaciones mostraban la Compañía Verde a mando del Sargento Faeston en condiciones perfectas para el ataque frontal al fuerte Gazne, estas comunicaciones empero, estaban retrasadas por cuestión de quince minutos. Cuando el presente, Teniente Coronel Feaston, dio la orden de ataque, no previó el ataque por el sur de los invasores que dejó como saldo doce muertos, entre ellos el Sargento Feaston. La operación, pese a este contratiempo fue una victoria indiscutible, la última baja enemiga y la toma del fuerte Gazne, así como el aseguramiento de Darón se registraron en punto de las 1600.
Aquella noche lloró hasta quedar dormido.
A la mañana siguiente, con una taza de café recién servida se sentó frente al escritorio. La mala noche hacia eco de presencia en sus facciones demacradas. Su Teniente en Jefe le ahorro al informe de la noche, le dio la mano y una pequeña palmada en la espalda, le sonrió apenas y salió de la oficina.
A media tarde escuchó por la ventana la llegada de la brigada de caballería, setenta y seis jinetes llegaban a reforzar una guarnición de doscientos cuarenta y tres hombres, seis cañones aprovisionados para ochenta y tres días a lo máximo. A pesar de todo, había logrado avances impresionantes en la defensa de la frontera. Se miró en un espejo, se rasuró perfectamente la barba de tres días y se sentó de nuevo en el escritorio que parecía robarle todas las fuerzas.
Con apenas fuerzas escribió en un pergamino nuevo adjunto al informe de la operación
Cuando se fue de casa llegó a Malpreno, me buscó y a poco no encontramos. Me informó sobre la riña que tuvieron, no tuvo corazón para regresarlo a casa, lo enlisté bajo mi mando. A las pocas semanas fue requerido en la corte para servicios al duque de Lavión, donde conoció a la dama de compañía de la duquesa, jamás pude retener su nombre. Al poco tiempo contrajeron nupcias. Me pidió dinero prestado para una casa y no pude negármele. También me hizo prometer que no te escribiría acerca de su paradero, y con todo el profundo dolor de mi pecho, tampoco pude negármele. En esa casa ahora lo esperan ella y un precioso gato que rescató después de haber sido atropellado por un caballo. Madre, Keon Feaston fue un hombre honrado y trabajador, amado por su esposa y respetado por sus compañeras. Madre yo también lo amé como nunca pude quererlo en casa, murió con tu nombre en la boca. Te ruego me perdones por haberlo ocultado, pero sobre todo, te ruego que me perdones por haber mandando a la muerte a tus únicos hijos.
Con todo el arrepentimiento del mundo
Teniente Coronel L. Feaston
Teniente Coronel L. Feaston
No hubo necesidad de tachar nada, la bala que mató al Coronel dejó un rastro de sangre que dejaría aquel pergamino tan inservible como todos los otros en los que no había podido pedirle perdón a su madre.
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Este es el segundo cuento escrito para Sharoon con una linea, algo modificada, que me regaló. Siento que el original, que no tiene nada que ver con este, no puedas tenerlo (dado que ya no existe). Ojalá te guste.
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domingo, 5 de diciembre de 2010
F20.00
Intentó apagar la radio, pero el radio estaba ya desconectado. Miró con realización la ventana, camino como caminaba desde hacía un tiempo, lenta y parsimoniosamente; cerró la pequeña rendija que quedaba entre el marco y el cristal. Frunció el ceño. Revisó palmo a palmo la habitación que se sabía de memoria. Por fin, rendida ante su búsqueda fútil se dirigió hasta la sala “Recámara,” se recordó “es mi recámara desde que no puedo subir esas endemoniadas escaleras.”
La mañana siguiente esperó un rato. Silencio. Sonrió, una pequeña sonrisa de triunfo, pero también de una expectativa cumplida. Nada raro se dijo, todo había sido producto del cansancio. Ahora se cansaba mucho más que antes, y eso que ahora no hacía nada de lo que antes le tenía ocupada todo el día. Desde que Maurice había muerto la casa parecía no necesitar ese glamur que antes exigía a gritos para combinar con la pulcritud militar de su marido. Se dirigió a la cocina con la cadencia armónica de una canción que va acabando y se detuvo en seco. Coincidencia tan extraña que la vecina, una chicuela de unos 20años también se debatiera entre calentarse un vaso de leche y comer galletas, o si prepararse una avena de canela con manzana. Sonrió distraída pensando en si ella a esa edad también habría meditado tanto antes de optar por las galletas y la leche. No fue sino hasta que, ya sentada en el antecomedor, mientras daba la primera mordida, que la chica también se arrepentía de no haber elegido la avena. Se sobresalto no más de lo normal. No existía posibilidad alguna de que, en el antecomedor, dos cuartos de distancia de la única pared contigua, el sonido se traspasase y se oyera tan claramente, sobre todo si tomaba en cuenta que su sentido del oído no es lo que fuera antes.
“No te quejes,” reprimió una voz más seria, madura, y conocida “siempre te han gustado las galletas en el desayuno, el avena es para las viejas chochas.” El comentario le pareció de lo más gracioso. Maurice siempre le recordaba que uno nunca se hacía viejo hasta que se pasaba los días solo en casa, escuchando radionovelas, acariciando un gato y comiendo avena. “Pero si solo te falta un gato, o una docena de gatos Miriam” escuchó, o creyó haber escuchado. Nadie la había llamado Miriam desde que Maurice murió. Para el cartero y para la vecina era Señora Nicolet, para sus nietos Abuelita, para sus hijos… bueno también habían muerto ya todos sus hijos y ellos se limitaban a decirle Mamá.
Decidió sentarse en su sillón favorito y encender el radio. “No me gusta la voz de la protagonista,” escuchó claramente “mejor hay que esperarnos hasta el programa de las 12.” Era una cosa ciertísima, a ella, o alguna parte de ella, nunca le había gustado la voz de la protagonista. “No te gusta porque te recuerda a la voz de tu hermana.” dijo la voz que se parecía tanto a la de Maurice. En ese momento Miriam se levantó rápidamente, camino tan veloz como se lo permitían sus rodillas viejas y levanto el auricular. Buscó en el cajoncito de la cómoda la agenda y marcó el número que había marcado tantas veces en los últimos años…“Buenas días ¿María niña, comunícame con el Dr. Lambert”
Antes de que el doctor pudiera contestarle, se desató una intensa discusión entre sus orejas. “Y dale con el Dr. Lambert, ese viejo no sirve para nada.” “Miriam no hables así del buen Lambert,” reclamó Maurice “siempre apoyó a la familia”. “Para apoyarse ya tiene andadera Maurice,” dijo la voz joven.
“Bueno ¿bueno? Señora Nicolet ¿Miriam? ¿Miriam se encuentra usted bien?
“Doctor Lambert, Doctor… las voces regresaron.”
“La Sra. Nicolet fue tratada con 20mg de haloperidol durante las 2 primeras semanas. Las voces disminuyeron gradualmente en frecuencia e intensidad, y las sensaciones somáticas desparecieron totalmente. Comenzó a comprender que las voces eran producto de una enfermedad pero parecía algo desilusionada cuando cesaron completamente. Dijo que, después de todo, las voces habían sido “una buena compañía” la mayoría del tiempo.”[1]
[1] Üstün, T.B.; Bertelsen, A.; Dilling, H.; Van Drimmelen, J; Pull, C.; Okaska, A.; Sarotius, N. (Coord.). (1999). Libro de casos de la CIE-10. Madrid, España: Editorial Medica Panamericana. P.71
lunes, 22 de noviembre de 2010
Aunque te quites...
Debajo del monzón todos somos agua, pensé. Al caminar nadando entre la ciénaga mal llamada plantación, nos hundimos hasta la cintura en el lodo. Las caras son como el cielo, gris, húmedo y molesto… Santos me mira de vez en cuando, el pobre hombre aún cree que todo esto es mi culpa. Alberto y Cárdenas se quedan atrás. Sus casacas no son ni un triste recuerdo de lo que fueron. Platican entre ellos, o más bien se insultan a turnos mientras caminan codo a codo.
Es probable que nada tenga sentido ya, hemos caminado al menos tres días y no encontramos ni un alma. Cuando nos ofrecimos para ir a buscar ayuda jamás pensamos que seríamos el juego infantil de algún dios vengativo de la selva. Carlos se había quedado cuidando al Yucateco al que había mordido por una serpiente, para esta hora seguramente el pobre ya está muerto y nosotros nos habíamos quedado sin médico. Santos vuelve a mirarme, me culpa de la lluvia, de su cojera, me culpa de que el maldito hijo de puta se más feo que un gato atropellado… me dan ganas de culparlo de mi mal humor, pero por más que quiero no puedo, el mal humor es culpa del clima desgraciado, de esta tormenta inaudita, de la grosería de caminos y sobre todo del maldito ferrocarrilero borracho que nos había volteado al tren.
Cárdenas se para en seco y voltea para todos lados. Le pregunto qué pasa y no contesta nada, me mira como de lejos, como si no entendiera lo que le estoy diciendo. Después, tras la cortina incesante de la lluvia me llega el sonido… exangüe una sirena se escucha a lo lejos. Corremos como niños insolentes, cada quien en una dirección, como si supiéramos de donde viene el sonido distorsionado por la distancia, por la lluvia y por el eco… Les grito a todos que se esperen. Santos hace alguna rabieta silenciosa como diciéndome ¿y a ti quien te hizo el líder? Lo miró con una cara condescendiente. De nuevo escuchamos la sirena, esta vez más cerca. En algún momento se había hecho de noche, entre algunas ramas alcanzamos a ver linternas.
Alberto grita eufórico ¡Aquí, aquí! La ciénaga se vuelve más pantano y emergemos de las profundidades fangosas a una tierra húmeda y putrefacta, pero al menos tierra y no más agua. Las linternas dejan de ser linternas, parecen faros potentísimos, potentísimos y lejos. Alberto continúa con su alevosía, pero no responde nadie. Tras una última línea de maleza estamos por fin en tierra seca, o tan seca como pueda estar la tierra debajo de un monzón a la mitad de una selva… Alguien nos grita algo, volteo a ver al grupo, nadie entiende nada. Los faros extienden su alcance aún más y nos ciegan de pronto. Otro grito más que nadie entiende. Santos empieza a gritar mientras mueve las manos, el trueno nos ensordece. Ciego y sordo camino imbécil hacia la luz. Otro grito que nadie entiende. Alcanzo a distinguir las siluetas de un jeep, de un jeep y de varias personas. Cárdenas también las distingue porque en ese momento grita algo así como ¡Qué no se muevan! Y se para de nuevo en seco. Yo lo escucho a medias porque estoy más cerca. Alberto y Santos ya van en un trote hacia el jeep. Otro grito desde enfrente que ahora entiendo perfecto ¡Dales cabrón, dales que estos pendejos quien sabe que traigan!
Santos cae primero, si no fuera por el lodo su pierna hubiera quedado carmesí. Luego Alberto, antes de darse cuenta de qué está pasando cae de espaldas con varios agujeros en la panza. Cárdenas me grita algo que se pierde entre otro trueno, y lo veo correr en retirada, se tropieza contra la maleza, una ráfaga de balas lo persigue y lo encuentra en el suelo. Yo me quedo quieto, quieto como jamás había estado nunca. Luego siento una bala cerca y me tiro al suelo. No hay más balas, la lluvia aún cae a cantaros sobre mí. Escucho un alarido y veo que Santos se arrastra, otra ráfaga recibe sus intentos de pedir perdón por ser tan feo. Otra vez nos quedamos solo con el silencio de la lluvia… hasta que escucho los pasos de unas botas arrastrándose en la tierra.
-¡Revíselos Gutiérrez!- Truena alguien desde el vehículo.
-¡Comandante no traen nada estos dos!-
-¡¿Cómo dijo Gutiérrez?!-
-¡Qué son civiles Comandante!-
-¡Civiles mis huevos Gutiérrez ¿no vio como venían contra nosotros?!-
Siento que alguien se acerca. Dejo de respirar, cierro los ojos.
-¡Comandante no traen nada; este está vivo!-
Algo responde el comandante pero no puedo oírlo por otro trueno. Abro los ojos lentamente, empiezo a incorporarme con las manos en alto. Alguien grita algo que tampoco entiendo. Otro trueno, se prolonga como ningún otro y deja un eco peculiar, no distingo bien de dónde lo conozco, aunque a segundos me parece la risa burlona de ese dios infantil y vengativo.
Otro trueno, más corto, más seco, más cerca, más caliente…
-¿Comandante?-
-Mire Gutiérrez cuando nos pregunten, estos intentaban pasarse por la frontera con esas bolsas de mariguana.-
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jueves, 18 de noviembre de 2010
Nombres y otros delirios.
Juan se llama y Juan le dicen. Juan se levanta de tarde, cuando en vez de pájaros entonando melodías son cientos de pitidos en torbellinos ensordecedores de caos. Juan no come al salir de casa. Se va al taller, trabaja, y si la tripa ruge, se como un chocolate con miel y nueces. En el taller trabaja solo. Por las mañanas sueña que en el taller tiene compañeros, muchos compañeros, cientos y cientos de amigos que lo conocen y lo saludan, y lo felicitan cuando tiene un nuevo hijo, y lo ayudan cuando ya no tiene para darle de comer, y lo invitan por cervezas cuando está deprimido y lo llevan a su casa cuando está borracho. Pero eso es solo en las mañanas, cuando nada es real y todo es sueño. En las tardes Juan trabaja solo.
Ledam le dicen, Jesús se llama. Ledam se levanta cuando quiere, si quiere cantan pájaros bellas melodías, si se le antoja suenan los clarines y los violines y las violas. Antes de salir de casa Ledam siempre come un chocolate con miel y nueces, cosas que se quedan de otras vidas. Una vez completo su ritual del cacao, va para el taller. En el taller Ledam ya no trabaja, o no tanto como quisiera, para colmo jamás trabaja solo. Por las noches, o por las tardes de su siesta, o en las mañanas de la cruda, sueña que está en el taller trabajando de nuevo solo, solo como solo no estuvo ni Dios antes de crear el universo, sin las peticiones de gente que quiere modelos nuevos, sin los reconocimientos al otro lado del globo, sueña que se encuentra separado hasta del alma y que se vuelve un animal salvaje… que se libera de las cadenas de los amigos, los falsos y los verdaderos, que no hay hijo que valga ni mujer que cuente… sueña que le hace falta todo menos coraje.
Cuando Juan trabaja no sueña. Trabaja. Soñar se dice es para la cama. El taller es para trabajar, trabajar es para la lana, la lana pa’ la familia y la familia pa’… Pues pa’ nada. Juan sabe muy bien que hay cosas que se hacen porque deben de hacerse, nada más. A veces hasta piensa que hay cosas que se hacen nada más porque quieren ser hechas.
Cuando Ledam trabaja, más bien sueña. Sueña para trabajar, o más bien trabaja porque sueña. Sin sus sueños no habría trabajo, sin trabajo no habría éxito y sin éxito, pues a veces piensa que sin éxito no habría nada. Ledam piensa que debería haber cosas que se tendrían que hacer por el simple hecho de que debieran ser hechas. Sin caprichos, ni placeres ni por encargos ni por nada.
Cuando en las madrugas sale Juan del taller piensa en todo lo que hizo. A veces apenas y le toca montar las piezas. A veces hasta reproducirlas. Una vez vio un diseño que le gusto mucho. Luego le dijo el patrón que ese no era un diseño, sino unos garabatos de una pluma que no pintaba… A Juan cuando le dijeron que eran garabatos más le gustó el diseño. Se dijo que un día, cuando se levantara de mañana esculpiría ese diseño, se llamaría Jesús y lo llamarían Ledam.
Ledam a ratos se recuerda, y en vez de llamase Jesús se llama Juan. Cuando se recuerda sonríe, tal vez de nostalgia. Eso le gusta, porque cuando se sonríe de nuevo trabaja solo en el taller, y ve con sus ojos cansados diseños en cualquier papel manchado. Con sus manos cansadas monta y reproduce no lo que se le viene en gana sino que hace lo que debe hacerse, nada más.
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