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viernes, 10 de agosto de 2012

Otoño en Primavera

El 3 de agosto de 1998 en el comedor de la casa #14 cerrada Almendros, privada de Toulouse, murió desangrada Juliene Medina.
Pedro Saltillo de Casseres líder de opinión y cabecilla fundamental del movimiento por la Paz de los Pueblos fue visto por última vez a las afueras de la Ciudad de México la madrugada del 5 de agosto.
 El último registro que se tiene escrito del Dr. R. Pérez Bibon, firmado a las 21:35 del segundo de agosto, es un parte médico sobre un tal Federico Saltillo.  El Doctor murió en un accidente de tránsito, causado, según los peritos, por un aneurisma que habría cegado al octogenario obstetra quien estrellare su auto contra la pared de contención el tres de agosto a las 06:00.  El documento apenas establece: “...se encuentra en perfectas condiciones para viajar sin necesidad de mayores consideraciones que las normales…”
Primo Raúl Acerves Soto encontró el cadáver de Juliene Medina la mañana del nueve de agosto. Informó a la policía. Esperó pacientemente la llegada de las autoridades. Respondió a todas las preguntas y regresó perturbado a su cuarto alquilado en la colonia Roma. Habría llegado por mera casualidad hasta aquel casón mientras buscaba sujetos para un estudio fotográfico urbano. Le había perturbado el olor que la casa expedía, le había intrigado la diminuta rendija entre la puerta y el marco de una entrada trasera. Se encontró inmediatamente con la turbulenta sensación de que algo malo había pasado en ese lugar. Cuando la policía le había cuestionado sus motivos, contestó que estaba buscando un buen escenario. Cuando la policía increpó si Primo Raúl Acerves Soto había estado anteriormente en ese lugar respondió que no. Al amanecer del 10 de agosto, sobresaltado, Acerves Soto, se levantó sudando frio.
En la tarde del nueve de agosto, la Policía Federal encontró un Topaz, Ford, color blanco.  El auto carecía de placas y el número de motor había sido tallado hasta ser irreconocible. Dentro del automóvil, encontraron inerte a un recién nacido. El forense determinó que el bebé habría tenido menos de diez días de edad y que la causa de la muerte había sido hipotermia.
El primero de septiembre de 1998, fue hallado en un terreno baldío de la colonia Héroes de Padierna, el cuerpo mutilado de Pedro Saltillo de Casseres. 
El 4 de septiembre a las 15:30, Acerves Soto se presentó en el Ministerio Público. Llevaba consigo una maleta con las fotos que había tomado la noche del dos de agosto. En su premura por evitar problemas cuando le interrogaron el nueve de agosto, obvio el hecho de que, la noche del tres había pasado por la cerrada Almendros en su bicicleta, probando una nueva función de su cámara digital para el movimiento.
A las 19:45, a una cuadra del Ministerio Público murió desangrado Primo Raúl Acerves Soto. En su maleta se encontró solamente la fotografía de un militar haciendo guardia frente al #15 de la cerrada Almendros, privada Toulouse.

lunes, 2 de mayo de 2011

Brutal

I
El día que Brutal nació, no nacieron todas las flores. Definitivamente no cantó ruiseñor alguno, pero sobre todo y más importante es que Brutal no era un niño bonito. De hecho, Brutal fue probablemente el niño más feo que naciera ese año, ese y todos los demás.
      Pese a la opinión popular sus cariñosos progenitores no lo nombraron Brutal por su hórrido aspecto, sino por un mañoso plan maquinado hacía varios años por personajes totalmente ajenos a este relato.
       Brutal creció como cualquier otro niño, cada vez más latoso e imposible, pero además cada vez más feo. Claro que si este no fuera el mundo que es, el hecho de ser paulatinamente más horrendo, no habría significado nada para Brutal; pero como ese no es el caso, Brutal fue irónicamente brutalizado durante toda su infancia. El chico fue de todo: Brutal el Monstro, Brutal el Mutante, Brutal el Tamal, Brutal la Cucaracha Gigante, eventualmente perdió el Brutal, que de por sí no tenía pues siempre fue muy amable, y ya solo lo llamaban Cuasimodo, Deformitas, Doña Gagas… el último apodo, que por cierto le duró toda la secundaría, se debía a una señora que vendía tamales, Doña Engaga, que de joven había sido muy guapa pero que con la tierra, el trabajo de partos y una sistemática golpiza de parte de su marido la habían dejado casi tan fea como Brutal.
      El hecho es que Doña Gagas, bueno Brutal (hay cosas que se quedan) fuera de ser descomunalmente repugnante, no figuraba para nada, excepto tal vez por su eterna amabilidad. No era ni muy brillante ni muy idiota, ni muy aplicado ni demasiado flojo, ni muy fuerte ni escuálido total; de suerte que si usted lo hubiera conocido se preguntaría seriamente ¿por qué Brutal tiene su propio cuento?
La respuesta es que Brutal tenía un secreto, uno que de descubrirse le traería toda suerte de problemas. No vaya usted a creer que yo traicionaré al pobre Brutal, nacido feo y muerto superlativo. No, lo que se debe contar de Brutal es lo que este hombre hizo por salvaguardar su secreto.
      Resulta que un día, martes para ser exactos, Brutal, ya un hombre mayor, sintió que su secreto estaba en peligro. De modo que puso especial atención a lo que pasaba a su alrededor. Aquello que lo había perturbado tanto era una pequeña niña, escasos siete años, pero tan bonita, pero tanto, que sólo de verla lloró Brutal. Tanta belleza, se dijo, no podía ser sino prueba de que su secreto estaba por ser revelado.
      No lo pensó demasiado. Salió del edificio donde se encontraba , cruzó la calle, corrió tanto como un viejo feo y deforme puede correr, entró al parque, tomó a la niña en vuelo y con fuerzas renovadas huyó entre los gritos histéricos de las mujeres que cuidaban, a medias, a los infantes…
Brutal no dejó de correr sino hasta que las piernas se rindieron a su peso sumado al de la niña, que ya también había callado rendida, después de una fútil resistencia, y quedaron ambos tumbados en una banqueta en los límites de la ciudad.
    Cuando la policía indagó, no le fue difícil dar con el departamento de Brutal. Cuando preguntaron por un hombre así de alto, así de flaco, así de caucásico nadie supo decir nada, pero cuando preguntaron por un hombre así de feo, entonces todos los vecinos señalaron a un mismo departamento. En la habitación no hallaron nada, Brutal vivía con una humildad espartana. Fue precisamente esto lo que llenó de sospechas a la policía. Pocas o nulas pertenencias, ninguna relación estable, feo como adjetivo hecho sustantivo; eran todas las características de un asesino serial, además el nombre: ¡Brutal!
     Los argumentos iniciales de los sorprendidos vecinos que insistían en la actitud amabilísima y del buen corazón de Brutal, fueron rápidamente desechados ante la evidencia, aparte de secuestrar a una criatura, sobre el perfil retraído del hombre que además siendo tan feo, replicaban los agentes, se entendía su rencor social y aumentaba en alarmantes grados la peligrosidad del sujeto.
II
Cuando la niña despertó, se encontró en un pequeño cuarto perfectamente arreglado sin toque alguno de decoración. Estaba a punto de llorar cuando en su inspección pasiva del cuarto se topó con la figura de Brutal, sentado en una esquina, viéndola impasible. Claro que esto no la tranquilizó, pero la cara horrible tenía un semblante tan benévolo, que la niña sorprendida no supo si llorar o sonreírle.   Brutal se levantó, sonrió con toda la amabilidad del mundo, (tanta que en ese momento en otro lugar del globo dos mandatarios, por un disgusto nimio, estuvieron por provocar una guerra mundial) le ofreció, con una mano sin tres dedos, un plato de comida.
III
Ahora bien, el tema tomó importancia internacional. Por todos lados el terrible caso del horrible monstruo que había secuestrado una inocente chiquilla logró las primeras planas. El seguimiento televisivo fue total, Brutal se tradujo hasta en lenguas muertas para dar con el paradero.  Pandemónium tal, que a tan solo algunos meses, el casero que había rentado el cuarto a Brutal dio una denuncia ante cientos de periodistas y policías.
    Cuando las fuerzas especiales entraron, ante la expectativa internacional, al susodicho cuarto, encontraron inmediatamente a la chiquilla. En la habitación además de un colchón, una silla, un chuchillo, un plato, una cuchara y un cambio de ropa, no hubo nada. De Brutal, salvo el cambio de ropa, nada se supo.  Se hicieron muchas promesas de justicia, se levantaron aleluyas en idiomas todos y el mundo se alegró entero del rescate de la pequeñuela. La niña, que parecía muy feliz de ver a su madre, parecía también harto desilusionada.
      La pequeña fue llevada inmediatamente a un hospital dónde la declararon sana y en forma. En su primera revisión, el psicólogo infantil determinó que la niña que parecía impoluta en realidad había bloqueado toda la situación, y que solo con la ayuda de sus seres queridos y un seguimiento podría recuperarse.
      Cuando, a las pocas semanas, todos habían olvidado el suceso, la madre de la chicuela regresó alarmada con el psicólogo. Insistía fervientemente que esa no era su niña, sus argumentos, declaró tiempo después el especialista eran ridículos. La madre aseguraba que la niña era ahora más callada y amable, cosa explicable por su trauma, pero además que era ahora tanto más bonita que antes, que todo lo que estaba a su rededor se tornaba feo, espantosísimo… Las flores morían a pocas horas de estar en su habitación, los vestidos se decoloraban apenas se vestía con ellos, los propios pájaros callaban en su presencia. Una y otra vez insistió la madre. Cada uno de los especialistas encontraban cada vez más absurdos sus comentarios hasta que pronto fue declarada esquizofrénica.
    La niña creció cada día más hermosa y más amable, aunque quienes la conocieron después confesaron que, en cierto sentido, era cierto lo que la madre pregonaba, una vez cerca de la niña, todo parecía desvanecerse a tintes más aburridos y feos.
     Cuando la niña dejo de ser tal, su belleza superaba absolutamente todas las conocidas. Su bondad era también reconocida en todos lados. Cuando los medios la redescubrieron, y la trágica historia de su secuestro regresó al escrutinio público, la pregunta en voz de todos era la misma ¿qué fue del horrible Brutal?
 En una increíble investigación, un reportero adquirió las observaciones del examen psicológico de la pequeña; cuando el especialista había hecho esa mismísima pregunta a la chiquilla, ella respondió en silencio señalando a su corazón… y a su pancita. 

lunes, 3 de enero de 2011

Los Comprados

1
El hombrecillo se quitó el sombrero y, por tercera vez aquella mañana, se rascó la cabeza. Miró el forro raído y tomó despreocupadamente una pulga que saltaba de un agujero al siguiente. Aquel sombrero lo había comprado hacia ya muchos años la primera vez que había tenido al mismo tiempo trescientos pesos.

2
Marcela vio salir a su marido y se le retorció el estomago. El último kilo de tortillas lo habían guardado para el desayuno, pero como Salvador empezaba jornada prefirió ella no comer. Ese día, como todos, caminó hasta la carretera, esperó a su comadre, y marcharon juntas hasta Cuernavaca.  Ahí en el centro ayudaba a la tía de su comadre, una señora tan arrugada por afuera como por adentro, que tenía ya fama con su comalito y le alcanzaba para pagarle a Marcela y su comadre veinte pesos.  Ese día, cuando ya entrada la tarde regresaba del brazo de su comadre por la carretera, le llegó un sopor inesperado y se desvaneció. 
Cuando despertó, una señora le echaba aire con un cartón y le preguntaba repetidamente si se había golpeado la cabeza. Marcela lo negó varias veces hasta que se dio cuenta que estaba metida en una camioneta, se sentó inmediatamente y gritó con todo pulmón que la bajaran, que no le hicieran daño, que la bajaran de nuevo, y así como por accidente reparó en que su comadre estaba sentada en el asiento del copiloto; la situación cada vez más extraña dejó en completo silencio a Marcela. La señora sentada a su lado se limitó a abrazarla, a decirle que todo estaba bien, y que la estaban llevando a un hospital.

3
El policía le devolvió su bolsa de papel. Le dio una palmada en la espalda y le sugirió que se acercara a la catedral, que probablemente el capellán le regalaría un pan y con suerte un poco de pollo.  El hombrecillo lo miró perplejo, este era el primer policía que le hablaba en mucho tiempo. -Ha de ser nuevo- pensó. Y caminó hacia la Catedral a sabiendas que el capellán no le daría nada, porque eran después de las cuatro, y para esa hora ya habían pasado por ahí el de Ayala y la Señora del Mercado.  Al cruzar la calle escuchó un pitazo y el rechinar de llantas, a continuación una serie de insultos sin orden desprendidos del conductor le recordaron que no había reparado en el semáforo, que antes no estaba allí, sino unas cuadras antes, hacia no tantos años, cuando él todavía manejaba.

4
Marcela no dejaba de llorar, no sabía si era de dicha o de desconcierto total. Tal vez lloraba por ambas razones. La señora que la había llevado le sonrió amablemente. Le dijo que sería maravilloso y que no tenía por qué temer. Marcela se limitó a sollozar.  Cuando le preguntaron donde vivía, tuvo su comadre que dar las indicaciones. Ya una vez cerca de la casita a medio construir la señora cuchicheó algo con el hombre que manejaba la camioneta. Se le acercó a Marcela y le pidió que llegara mañana, si se lo permitía su salud, a Cuitláhuac y 5 de Mayo.
Cuando Salvador llegó unas horas más tarde le besó la frente. Le entregó un kilo de arroz y se acostó inmediatamente el catre.  Al amanecer, después de prepararle el arroz a Salvador, Marcela comió un poco, caminó hasta la carretera y esperó a su comadre. Marcharon juntas para Cuernavaca. Aunque Marcela le insistió mucho, su comadre le dijo que tenía que irse al mercado, que por muy sobrina que fuera, igual y se quedaba sin sus veinte pesos.  Así pues Marcela llegó a Cuitláhuac y 5 de Mayo, tocó el timbre de la casa del portón verde y le abrió la Señora con su sonrisa habitual.
En menos de una hora, Marcela se sabía ya la casa por completo, se aprendió todos los cajones de la cocina, memorizó todas y cada una de las medidas de jabón para trapear la cocina y para limpiar los vidrios. Ese día comió por primera vez desde que era niña sopa, arroz y guisado. Cuando terminó de planchar, tocó tímidamente la puerta del estudio de la Señora y le avisó que ya había acabado con todo. La Señora la miró como aprobándola, le sonrió de nuevo, la abrazó y le dijo que le esperara un momento. Al poco regresó y le entregó un billete de doscientos pesos, al dárselos le dijo “Todo va a salir bien Marcela, guárdate ese dinero para el bebé. Mañana llegas temprano porque si no, no hay quien te abra”
Esa tarde, cuando Marcela llegó a su casita, se topó con Salvador, se temió lo peor, ahí tan temprano… seguramente lo habían despedido. Estaba ya a punto de sacar el billete y decirle que todo iba a estar bien, que ya podían terminar la casa, que además iban a ser padres, cuando vio la sonrisa enorme en su cara.

5
Cobija en mano, el hombrecillo se apresuró Yatepec, en una pequeña equina donde nadie lo molestaba nunca. Se acurrucó entre la pared y el farol fundido e intentó conciliar el sueño. Al rato de estar ahí tendido se le enfrió todo el cuerpo, empezó a toser sin respiro alguno y no logró dormirse hasta bien entrada la madrugada. Cuando el sol apenas calentaba el ambiente fresco, el tronido de un motor lo levantó de pronto. Era una camioneta grande y negra. No era ni tan grande, y por alguna extraña razón no le pareció tampoco tan negra, como la que hacía tantos años lo había recogido cuando trabajaba en una construcción en Arteaga. Ese día su vida había cambiado por completo, tanta había sido su suerte que el día se le había quedado grabada en la memoria como pocas cosas. Su Mujer se había sorprendido de verle tan temprano, le dijo que todo estaría bien y que serían padres… él la abrazó con fuerza, le dijo que claro que todo estaría bien, pues tenía un nuevo trabajo, le iban a pagar lo que nunca, terminarían la casita y al hijo, porque iba a tener un hijo, no le faltaría nada.

6
La primera vez que Marcela no se pudo parar por los mareos matinales fue también el primer día que vio a Salvador llorar. Su marido, desde aquella tarde en que llegó con su nuevo trabajo a cuestas, era otro. Esa mañana, mientras tomaban el desayuno, Salvador la miró con unos ojos henchidos y rojos, le susurró algo así como perdóname. Y luego salió de la casa demasiado agitado como para responder a qué hora regresaba. Esa tarde la Señora llegó preocupada, le dijo a Marcela que mejor fueran al Doctor y no regresó sino hasta bien entrada la noche. Salvador por su parte no había regresado. Tampoco regresó al día siguiente, ni al siguiente. Cuando por fin se apareció  tenía la cara demacrada, olía a tierra, sudor y sangre rancia. Marcela lo quiso regañar, pero se limitó a lanzarle una olla rota, Salvador la esquivó apenas, se le acerco de apoco. Le pregunto cómo estaba su hijo, le prometió que nunca dejaría que le pasara nada malo, y la besó.
7
El hombrecillo se sacó las botas, miró sus calcetines negros y rotos, los volteó para encontrar un escenario idéntico y se los volvió a poner junto con las botas. Caminó hasta el parque de Borda, se sentó en la banqueta y estiró la mano. Uno y otro transeúnte le ignoraban, alguno que otro le lanzaba una mirada displicente y algunos menos le dejaban una moneda sobre la mugrienta mano. 
A las pocas horas se le acercó una familia, el hombre tenía la espalda ancha, andaba en botas, tenía manos arrugadas, era sin duda trabajador; la mujer era de tez cobriza, de ese moreno bonito que atrapa a los hombres de todos lados, entre sus brazos un pequeño bulto en una cobija a cuadros. El hombre lo miró de cerca, le dejó una moneda de diez pesos y una charola de unicel, al darse la vuelta pudo ver el hombrecillo, colgado al cincho, un revolver.  El hombrecillo gritó despavorido: -¡No me mates Cazón, no me mates! ¡Ándale Cazón dame tres días, dame tres días Cazón, que te cuesta! ¡Cazón no me mates Cazón!- y a continuación hecho ovillo sobre la banqueta lloró desconsolado.


8
Marcela aún no se acostumbraba a cargar a su hija fuera del vientre. Se sentía a la vez más liviana y más débil. Se sentó en el catre y prendió el televisor. A esa hora a donde la cambiara estaban las noticias.  Salvador llegó de repente, el enfrenón de la camioneta despertó a la niña que lloró inmediatamente. Con la camisa empapada de sudor, Salvador entró corriendo al cuarto. Miró para todos lados. Marcela le preguntó mil veces qué pasaba sin encontrar respuesta. De pronto se escuchó otro enfrenón frente la casa.  Salvador  desenfundó una pistola que traía escondida, Marcela le preguntó algo que se perdió entre los griteríos de afuera… ¡Órale Salvador no nos la pongas difícil! ¡Salte deáy Salvador!  Después cesaron los gritos, solo el llanto de la pequeña niña hacía eco en la casita recién terminada. De súbito entraron dos hombres, pistola en mano por la puerta, por la pequeña ventana del cuarto se asomó un tercero.
-Ándale Salvador, quien te viera todo casadote- restalló un hombretón de espaldas anchas- ¿Qué no nos vas a presentar con tu señora esposa?
-Cazón, dame tres días más Cazón, que te cuesta- farfulló Salvador entrecortado por la respiración nerviosa- Tres días más y te tengo lo que perdiste por mi culpa.
-Mira Salvador no nos hagamos pendejos, lo que perdí por tu culpa no lo sacas ni en un año… pero mira, yo veo que eres padre y esposo. Tienes que cuidar a la familia, y pues, pos ora eres hombre buscado Salvador. Mira, hagamos esto, yo te protejo a tu bebe en lo que tú me consigues mi dinero y todos salimos ganando ¿te gusta, o te gusta Salvadorsito?
Marcela miró devastada a Salvador. Uno de los hombres se le acercó para arrebatarle a la bebe de los brazos. Marcela lo pateó con todas sus fuerzas, pero fue inútil. El hombre tomo a la niña que no paraba de llorar. Salvador guardó el revólver  -Cazón, yo te tengo tu dinero y tú me devuelves a mi niña- dijo lo más sereno que pudo.
-Pos si eso no está en duda verdad, lo que está en duda es cuanto te me vas a tardar Salvador-

9
La enfermera terminó de tallarle los brazos. El doctor anotó algunas cosas en una pequeña tableta y salieron ambos de la habitación. El hombrecillo se miró en el reflejo de la bolsa de suero que colgaba sobre su cama.  Tenía la mirada perdida. Esa noche mientras intentaba conciliar el sueño, escuchó el llanto de un bebe en la habitación contigua… la memoria no se hizo esperar, hecho un ovillo sobre el pequeño colchón, gritó en sollozos que se tornaban alaridos ¡Perdóname Marcela, perdón… perdóname nenita perdón perdón perdón perdópperdoooperjo… Marcela yo no sabía para que querían a mi niña!

lunes, 20 de diciembre de 2010

De Malpreno a Darón

…llegó a Malpreno, se enamoró de la dama de compañía de la duquesa, se casaron… Paró en ese momento, releyó las primeras líneas, rasgo fuertemente con la pluma y quedó un nuevo trozo de pergamino destrozado.   Miró por la ventana, los días perpetuamente blancos de invierno apenas hacían cabida en el final de ese otoño. En el patio dos hombres caminaba lado a lado frotándose la cara cada uno para mantener el calor. Más a lo lejos, unos venados flacos tomaban agua en el riachuelo a lado de las bodegas. Detrás de las murallas bajas de ladrillo rojo, dos centinelas flexionaban las piernas apenas para mantenerse activos.  Después de todo el mundo seguía siendo ese lugar, terrible, pero hermoso.

Se levantó apenas escuchó los pasos en las escaleras. Se acicaló un poco, tomo un trago de café y abrió la puerta para esperar al General. Ese día, como el último viernes de cada mes, los altos mandos se presentarían, engalanados como en la corte, para recibir los informes del avance. “General,” dijo complacientemente “el frente es prometedor. Ayer a las 1600 horas tomamos el fuerte de Gazne y aseguramos la aldea de Darón. Bajas enemigas totales, bajas propias doce muertos, tres desaparecidos, tres heridos…”
-Coronel, deje eso para después.- El General había usado ese tono que no dejaba duda alguna, el, al igual que el resto del maldito ejercito lo sabían todo. – ¿Por qué no se toma unos días de licencia? Regrese a la capital, descanse un poco.- Solo le faltó sugerirle que pasara a visitar a su madre.

El coronel lo miró por un momento haciendo acopio de todas sus fuerzas para mantener la calma. “Urgen otros asuntos General, el camino para Darón sigue plagado de zonas indefendibles, los trabajos de atrincheramiento no están terminados… Gazne necesita una revisión completa para las defensas, aquí mismo tenemos que reforzar la seguridad en el ala este…” Pronto se dio cuenta que todos tenían razón, cada uno de esos trabajos eran logrables por cualquier supervisor de tercera, no eran sino escusas para no regresar a casa.

El día se fue acabando y salvo por algunas miradas de condolencia de los cabos, nadie le recordó nada. No que fuera necesario, esa misma noche después de una cena consistente en pan y agua, se acostó a sabiendas de que no podría dormir. Al cabo de unas horas se levantó, encendió la lámpara de aceite y sacó un nuevo pergamino…en casa lo esperaban ella y un hermoso gato, las palabras no me alcanzan para… Se frenó de nuevo. Levantó la vista por la misma ventana y se perdió por segundos en la opresora e inmensa obscuridad.

Un tormenta eléctrica le recorrió los huesos, sintió el sudor frío gotearle por la frente. Lo vio de nuevo entre sus brazos, la sensación era tan viva que sentía la sangre de nuevo en sus manos. Antes de que se diera cuenta sollozaba. El pergamino que había sacado apenas estaba empapado, inservible también. No se tomo la molestia ni de tachar las últimas líneas. Lo repasó todo una vez más. Agotado por el recuerdo, por las sensaciones tan presentes de la batalla, que optó por releerlas de su informe.

El miércoles veintiuno de diciembre del presente, la operación Darón-Gazne emprendió su ataque frontal a las 0900 horas. El batallón a mando del Teniente Sergreid se reunió a punto de las 1000 en la encrucijada de Duorford entre el centro de mando en Nodicia y el camino a Darón tras derrotar plenamente a los invasores. Las comunicaciones mostraban la Compañía Verde a mando del Sargento Faeston en condiciones perfectas para el ataque frontal al fuerte Gazne, estas comunicaciones empero, estaban retrasadas por cuestión de quince minutos. Cuando el presente, Teniente Coronel Feaston, dio la orden de ataque, no previó el ataque por el sur de los invasores que dejó como saldo doce muertos, entre ellos el Sargento Feaston. La operación, pese a este contratiempo fue una victoria indiscutible, la última baja enemiga y la toma del fuerte Gazne, así como el aseguramiento de Darón se registraron en punto de las 1600.
 Aquella noche lloró hasta quedar dormido.  
A la mañana siguiente, con una taza de café recién servida se sentó frente al escritorio. La mala noche hacia eco de presencia en sus facciones demacradas. Su Teniente en Jefe le ahorro al informe de la noche, le dio la mano y una pequeña palmada en la espalda, le sonrió apenas y salió de la oficina.

A media tarde escuchó por la ventana la llegada de la brigada de caballería, setenta y seis jinetes llegaban a reforzar una guarnición de doscientos cuarenta y tres hombres, seis cañones aprovisionados para ochenta y tres días a lo máximo. A pesar de todo, había logrado avances impresionantes en la defensa de la frontera.  Se miró en un espejo, se rasuró perfectamente la barba de tres días y se sentó de nuevo en el escritorio que parecía robarle todas las fuerzas.

Con apenas fuerzas escribió en un pergamino nuevo adjunto al informe de la operación  

Cuando se fue de casa llegó a Malpreno, me buscó y a poco no encontramos. Me informó sobre la riña que tuvieron, no tuvo corazón para regresarlo a casa, lo enlisté bajo mi mando. A las pocas semanas fue requerido en la corte para servicios al duque de Lavión, donde conoció a la dama de compañía de la duquesa, jamás pude retener su nombre. Al poco tiempo contrajeron nupcias. Me pidió dinero prestado para una casa y no pude negármele. También me hizo prometer que no te escribiría acerca de su paradero, y con todo el profundo dolor de mi pecho, tampoco pude negármele. En esa casa ahora lo esperan ella y un precioso gato que rescató después de haber sido atropellado por un caballo. Madre, Keon Feaston fue un hombre honrado  y trabajador, amado por su esposa y respetado por sus compañeras. Madre yo también lo amé como nunca pude quererlo en casa, murió con tu nombre en la boca. Te ruego me perdones por haberlo ocultado, pero sobre todo, te ruego que me perdones por haber mandando a la muerte a tus únicos hijos. 
Con todo el arrepentimiento del mundo
Teniente Coronel L. Feaston

No hubo necesidad de tachar nada, la bala que mató al Coronel dejó un rastro de sangre que dejaría aquel pergamino tan inservible como todos los otros en los que no había podido pedirle perdón a su madre. 

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Este es el segundo cuento escrito para Sharoon con una linea, algo modificada, que me regaló. Siento que el original, que no tiene nada que ver con este, no puedas tenerlo (dado que ya no existe). Ojalá te guste.

domingo, 5 de diciembre de 2010

F20.00

Intentó apagar la radio, pero el radio estaba ya desconectado. Miró con realización la ventana, camino como caminaba desde hacía un tiempo, lenta y parsimoniosamente; cerró la pequeña rendija que quedaba entre el marco y el cristal. Frunció el ceño. Revisó palmo a palmo la habitación que se sabía de memoria. Por fin, rendida ante su búsqueda fútil se dirigió hasta la sala “Recámara,” se recordó “es mi recámara desde que no puedo subir esas endemoniadas escaleras.”

La mañana siguiente esperó un rato. Silencio. Sonrió, una pequeña sonrisa de triunfo, pero también de una expectativa cumplida. Nada raro se dijo, todo había sido producto del cansancio. Ahora se cansaba mucho más que antes, y eso que ahora no hacía nada de lo que antes le tenía ocupada todo el día. Desde que Maurice había muerto la casa parecía no necesitar ese glamur que antes exigía a gritos para combinar con la pulcritud militar de su marido. Se dirigió a la cocina con la cadencia armónica de una canción que va acabando y se detuvo en seco. Coincidencia tan extraña que la vecina, una chicuela de unos 20años también se debatiera entre calentarse un  vaso de leche y comer galletas, o si prepararse una avena de canela con manzana. Sonrió distraída pensando en si ella a esa edad también habría meditado tanto antes de optar por las galletas y la leche.  No fue sino hasta que, ya sentada en el antecomedor, mientras daba la primera mordida, que la chica también se arrepentía de no haber elegido la avena. Se sobresalto no más de lo normal. No existía posibilidad alguna de que, en el antecomedor, dos cuartos de distancia de la única pared contigua, el sonido se traspasase y se oyera tan claramente, sobre todo si tomaba en cuenta que su sentido del oído no es lo que fuera antes.

“No te quejes,” reprimió una voz más seria, madura, y conocida “siempre te han gustado las galletas en el desayuno, el avena es para las viejas chochas.” El comentario le pareció de lo más gracioso. Maurice siempre le recordaba que uno nunca se hacía viejo hasta que se pasaba los días solo en casa, escuchando radionovelas, acariciando un gato y comiendo avena. “Pero si solo te falta un gato, o una docena de gatos Miriam” escuchó, o creyó haber escuchado. Nadie la había llamado Miriam desde que Maurice murió. Para el cartero y para la vecina era Señora  Nicolet, para sus nietos Abuelita, para sus hijos… bueno también habían muerto ya todos sus hijos y ellos se limitaban a decirle Mamá.

Decidió sentarse en su sillón favorito y encender el radio. “No me gusta la voz de la protagonista,” escuchó claramente “mejor hay que esperarnos hasta el programa de las 12.” Era una cosa ciertísima, a ella, o alguna parte de ella, nunca le había gustado la voz de la protagonista. “No te gusta porque te recuerda a la voz de tu hermana.” dijo la voz que se parecía tanto a la de Maurice.  En ese momento Miriam se levantó rápidamente, camino tan veloz como se lo permitían sus rodillas viejas y levanto el auricular. Buscó en el cajoncito de la cómoda la agenda y marcó el número que había marcado tantas veces en los últimos años…“Buenas días ¿María niña, comunícame con el Dr. Lambert”

Antes de que el doctor pudiera contestarle, se desató una intensa discusión entre sus orejas. “Y dale con el Dr. Lambert, ese viejo no sirve para nada.” “Miriam no hables así del buen Lambert,” reclamó Maurice “siempre apoyó a la familia”.  “Para apoyarse ya tiene andadera Maurice,” dijo la voz joven.
“Bueno ¿bueno? Señora Nicolet ¿Miriam? ¿Miriam se encuentra usted bien?
“Doctor Lambert, Doctor… las voces regresaron.”
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“La Sra. Nicolet fue tratada con 20mg de haloperidol durante las 2 primeras semanas. Las voces disminuyeron gradualmente en frecuencia e intensidad, y las sensaciones somáticas desparecieron totalmente. Comenzó a comprender que las voces eran producto de una enfermedad pero parecía algo desilusionada cuando cesaron completamente. Dijo que, después de todo, las voces habían sido “una buena compañía” la mayoría del tiempo.”[1]
[1] Üstün, T.B.; Bertelsen, A.; Dilling, H.; Van Drimmelen, J; Pull, C.; Okaska, A.; Sarotius, N. (Coord.). (1999). Libro de casos de la CIE-10. Madrid, España: Editorial Medica Panamericana. P.71

lunes, 22 de noviembre de 2010

Aunque te quites...

Debajo del monzón todos somos agua, pensé. Al caminar nadando entre la ciénaga mal llamada plantación, nos hundimos hasta la cintura en el lodo. Las caras son como el cielo, gris, húmedo y molesto… Santos me mira de vez en cuando, el pobre hombre aún cree que todo esto es mi culpa. Alberto y Cárdenas se quedan atrás. Sus casacas no son ni un triste recuerdo de lo que fueron. Platican entre ellos, o más bien se insultan a turnos mientras caminan codo a codo.

Es probable que nada tenga sentido ya, hemos caminado al menos tres días y no encontramos ni un alma. Cuando nos ofrecimos para ir a buscar ayuda jamás pensamos que seríamos el juego infantil de algún dios vengativo de la selva. Carlos se había quedado cuidando al Yucateco al que había mordido por una serpiente, para esta hora seguramente el pobre ya está muerto y nosotros nos habíamos quedado sin médico. Santos vuelve a mirarme, me culpa de la lluvia, de su cojera, me culpa de que el maldito hijo de puta se más feo que un gato atropellado… me dan ganas de culparlo de mi mal humor, pero por más que quiero no puedo, el mal humor es culpa del clima desgraciado, de esta tormenta inaudita, de la grosería de caminos y sobre todo del maldito ferrocarrilero borracho que nos había volteado al tren.

Cárdenas se para en seco y voltea para todos lados. Le pregunto qué pasa y no contesta nada, me mira como de lejos, como si no entendiera lo que le estoy diciendo. Después, tras la cortina incesante de la lluvia me llega el sonido… exangüe una sirena se escucha a lo lejos. Corremos como niños insolentes, cada quien en una dirección, como si supiéramos de donde viene el sonido distorsionado por la distancia, por la lluvia y por el eco… Les grito a todos que se esperen. Santos hace alguna rabieta silenciosa como diciéndome ¿y a ti quien te hizo el líder? Lo miró con una cara condescendiente. De nuevo escuchamos la sirena, esta vez más cerca. En algún momento se había hecho de noche, entre algunas ramas alcanzamos a ver linternas.

Alberto grita eufórico ¡Aquí, aquí! La ciénaga se vuelve más pantano y emergemos de las profundidades fangosas a una tierra húmeda y putrefacta, pero al menos tierra y no más agua. Las linternas dejan de ser linternas, parecen faros potentísimos, potentísimos y lejos. Alberto continúa con su alevosía, pero no responde nadie. Tras una última línea de maleza estamos por fin en tierra seca, o tan seca como pueda estar la tierra debajo de un monzón a la mitad de una selva… Alguien nos grita algo, volteo a ver al grupo, nadie entiende nada. Los faros extienden su alcance aún más y nos ciegan de pronto. Otro grito más que nadie entiende. Santos empieza a gritar mientras mueve las manos, el trueno nos ensordece. Ciego y sordo camino imbécil hacia la luz. Otro grito que nadie entiende. Alcanzo a distinguir las siluetas de un jeep, de un jeep y de varias personas. Cárdenas también las distingue porque en ese momento grita algo así como ¡Qué no se muevan! Y se para de nuevo en seco. Yo lo escucho a medias porque estoy más cerca. Alberto y Santos ya van en un trote hacia el jeep. Otro grito desde enfrente que ahora entiendo perfecto ¡Dales cabrón, dales que estos pendejos quien sabe que traigan!

Santos cae primero, si no fuera por el lodo su pierna hubiera quedado carmesí. Luego Alberto, antes de darse cuenta de qué está pasando cae de espaldas con varios agujeros en la panza. Cárdenas me grita algo que se pierde entre otro trueno, y lo veo correr en retirada, se tropieza contra la maleza, una ráfaga de balas lo persigue y lo encuentra en el suelo. Yo me quedo quieto, quieto como jamás había estado nunca. Luego siento una bala cerca y me tiro al suelo. No hay más balas, la lluvia aún cae a cantaros sobre mí. Escucho un alarido y veo que Santos se arrastra, otra ráfaga recibe sus intentos de pedir perdón por ser tan feo. Otra vez nos quedamos solo con el silencio de la lluvia… hasta que escucho los pasos de unas botas arrastrándose en la tierra.
-¡Revíselos Gutiérrez!- Truena alguien desde el vehículo.
-¡Comandante no traen nada estos dos!-
-¡¿Cómo dijo Gutiérrez?!-
-¡Qué son civiles Comandante!-
-¡Civiles mis huevos Gutiérrez ¿no vio como venían contra nosotros?!-

Siento que alguien se acerca. Dejo de respirar, cierro los ojos.
-¡Comandante no traen nada; este está vivo!-
Algo responde el comandante pero no puedo oírlo por otro trueno. Abro los ojos lentamente, empiezo a incorporarme con las manos en alto. Alguien grita algo que tampoco entiendo. Otro trueno, se prolonga como ningún otro y deja un eco peculiar, no distingo bien de dónde lo conozco, aunque a segundos me parece la risa burlona de ese dios infantil y vengativo.

Otro trueno, más corto, más seco, más cerca, más caliente…

-¿Comandante?-
-Mire Gutiérrez cuando nos pregunten, estos intentaban pasarse por la frontera con esas bolsas de mariguana.-

jueves, 18 de noviembre de 2010

Nombres y otros delirios.

Juan se llama y Juan le dicen. Juan se levanta de tarde, cuando en vez de pájaros entonando melodías son cientos de pitidos en torbellinos ensordecedores de caos. Juan no come al salir de casa. Se va al taller, trabaja, y si la tripa ruge, se como un chocolate con miel y nueces. En el taller trabaja solo. Por las mañanas sueña que en el taller tiene compañeros, muchos compañeros, cientos y cientos de amigos que lo conocen y lo saludan, y lo felicitan cuando tiene un nuevo hijo, y lo ayudan cuando ya no tiene para darle de comer, y lo invitan por cervezas cuando está deprimido y lo llevan a su casa cuando está borracho. Pero eso es solo en las mañanas, cuando nada es real y todo es sueño. En las tardes Juan trabaja solo.
      Ledam le dicen, Jesús se llama. Ledam se levanta cuando quiere, si quiere cantan pájaros bellas melodías, si se le antoja suenan los clarines y los violines y las violas. Antes de salir de casa Ledam siempre come un chocolate con miel y nueces, cosas que se quedan de otras vidas. Una vez completo su ritual del cacao, va para el taller. En el taller Ledam ya no trabaja, o no tanto como quisiera, para colmo jamás trabaja solo. Por las noches, o por las tardes de su siesta, o en las mañanas de la cruda, sueña que está en el taller trabajando de nuevo solo, solo como solo no estuvo ni Dios antes de crear el universo, sin las peticiones de gente que quiere modelos nuevos, sin los reconocimientos al otro lado del globo, sueña que se encuentra separado hasta del alma y que se vuelve un animal salvaje… que se libera de las cadenas de los amigos, los falsos y los verdaderos, que no hay hijo que valga ni mujer que cuente… sueña que le hace falta todo menos coraje.

Cuando Juan trabaja no sueña. Trabaja. Soñar se dice es para la cama. El taller es para trabajar, trabajar es para la lana, la lana pa’ la familia y la familia pa’… Pues pa’ nada. Juan sabe muy bien que hay cosas que se hacen porque deben de hacerse, nada más. A veces hasta piensa que hay cosas que se hacen nada más porque quieren ser hechas.

Cuando Ledam trabaja, más bien sueña. Sueña para trabajar, o más bien trabaja porque sueña. Sin sus sueños no habría trabajo, sin trabajo no habría éxito y sin éxito, pues a veces piensa que sin éxito no habría nada. Ledam piensa que debería haber cosas que se tendrían que hacer por el simple hecho de que debieran ser hechas. Sin caprichos, ni placeres ni por encargos ni por nada.

Cuando en las madrugas sale Juan del taller piensa en todo lo que hizo. A veces apenas y le toca montar las piezas. A veces hasta reproducirlas. Una vez vio un diseño que le gusto mucho. Luego le dijo el patrón que ese no era un diseño, sino unos garabatos de una pluma que no pintaba… A Juan cuando le dijeron que eran garabatos más le gustó el diseño. Se dijo que un día, cuando se levantara de mañana esculpiría ese diseño, se llamaría Jesús y lo llamarían Ledam.

Ledam a ratos se recuerda, y en vez de llamase Jesús se llama Juan. Cuando se recuerda sonríe, tal vez de nostalgia. Eso le gusta, porque cuando se sonríe de nuevo trabaja solo en el taller, y ve con sus ojos cansados diseños en cualquier papel manchado. Con sus manos cansadas monta y reproduce no lo que se le viene en gana sino que hace lo que debe hacerse, nada más.