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viernes, 12 de noviembre de 2010

Martes, escarabajos, muercielagos y ardillas.

Para(ojalá tembién ante)Kike, por todo.

No voy a pedirte que te calles ¿para qué? Para después arrepentirme de no haberte escuchado. Mejor habla, sigue hablando, balbucea lo que tengas que decirme en el oído, despacito, susurro, convénceme de apoco que haces un tanto de sentido. No te preocupes, di lo que quieras, la voluntad que me he armado a golpe de martillo-realidad-fuego-pasión- temple-inviernos no la penetras con tus dulces siseos nostálgicos.
¿Ves? Solito te callas. Solito vuelves a leer estas líneas y editas una coma por aquí, otra coma por allá. Borras una palabra, escribes otra… ¿tan consternado por encontrar la correcta? ¿Qué mierda no te acuerdas? Cada una es perfecta, pequeño occidental con intentos de filosofía oriental hollywoodense. Mira ya estamos serenos… escucha, ya estás en silencio, siente los dedos todavía en el teclado… ¿todavía en el teclado? ¿Dónde están mis manos? ¡No! No están perdidas… y yo que pensé que las había extraviado, será más bien que las extraño, con eso de que nunca hago nada con ellas, ni con ellas ni contigo. ¿Dónde estás? O ya para terminar el cuento, ¿quién eres?

Estos cuentos que se vuelven relatos que terminan en confesiones dan demasiadas vueltas con traducciones poco claras entre cabeza-pecho-mano-teclado-monitor-pecho-delete-delete-guión-guíon-cabeza. Suspira… largo y tendido. Suspira, ahora más corto. ¿Abrir o no las ventanas? La ardilla de siempre está saltando a la reja. Es una ardilla muy grande, o bueno, imagino que es grande, jamás me he puesto a medir ardillas. Abajo puedo imaginarme al gato relamiéndose bigotes cada vez que por algún motivo (ajeno a la pobre ardilla que seguro tiene una vida muy difícil, aunque quien sabe que tan difícil. O más bien si muy difícil porque antes tenía un árbol completo. Antes tenía dos árboles completos ¿quién sabe si es la misma ardilla de hace cinco años? ¿Cuánto viven las ardillas?) Se tropieza la pobre y como que cae, y como que se agarra pero como sus manos, que normalmente agarran nueces (será basura en la ciudad) ahora agarran ese metal que rodea lo que le queda de árbol a la pobre ardilla, barandal inútil que por salvar al árbol es una patética ilustración del hombre contra la naturaleza, todo asfixiado el pobre árbol, se le resbalan (sus garritas decía, creo que decía, si me regreso seguro edito, pero yo sé que deje todo entre comas, como para omitirlo pero no lo omito, decía pues que le pasaban algo a sus manitas y ahí está, ya lo dije, nomás les ilustre un poco de donde se resbalaban.)

Se imaginan ser ardilla. Como la película de Disney de la Espada en la Piedra. Mejor imagínense ser gato. Mejor imagínense ser el árbol que viviendo tantos años un día amanece y unos cuantos cirujanos sin licencia le hacen unos liftings por aquí una corteza-succión por allá. O ya de plano imagínense ser la nuez que, de no ser porque estamos en la ciudad, seguro comería la ardilla. Está más difícil ser nuez que ardilla ¿no? Y más difícil aún que ser árbol… el árbol de menos respira ¿Qué no? En cambio la nuez ahí está, se cae y que la atrapa un roedor pariente de las ratas y le hunde sus dientesotes en la piel, y encima la cabrona se ve adorable… Imaginarse no estar vivo, pero sentir… sentir pero no estar vivo… Ahora pienso que no ha de ser tan difícil, nomás tengo que acordarme de cómo extraño a mis manos que sienten, pero que no hacen nada. 

martes, 5 de octubre de 2010

El oso humano


Un glaciar se derrite, el oso llora ante la cámara impávida. Nada cientos de kilómetros, camina entre ecosistemas ajenos, bordea carreteras, entra en la ciudad, sale de ella, encuentra los suburbios. Se acerca sigiloso a un hombre que saliendo de su casa se dirige hacia su auto nuevo.  El oso entra en frenesí y se lanza contra el indefenso humano, con un potente empujón le manda contra el auto, ahí, perdiendo toda dignidad el hombre en su traje llora amargamente rogando el perdón, impávido como la cámara que lo filmó antes de su travesía, el oso remata con un derechazo que deja al hombre con el cráneo destrozado.

Un glaciar se derrite, el oso llora ante la cámara impávida. Nada cientos de kilómetros, camina entre ecosistemas ajenos, bordea carreteras, entra en la ciudad, sale de ella, encuentra los suburbios. Se acerca sigiloso a un hombre que saliendo de su casa se dirige hacia su auto nuevo.  El oso entra en un estado de sublime armonía con el universo. Se levanta en dos patas y abraza al hombre con todo el cariño que un oso de peluche jamás podrá contener en su diminuta y felpuda complexión.

Para desgracia del mundo, el verdadero anuncio es el segundo. El oso polar desprovisto de un hogar migra hasta los suburbios americanos para agradecerle al muy consciente americano por su nueva adquisición pro-medio ambiente. Senda barrabasada es casi imperceptible por la emotividad que le causa a uno ver la voluntad de ese sobreviviente del reino animal y la cristiandad con la que pone la otra mejilla.

Para mí el mensaje es claro:

Querido reino animal; Favor de pasar a la ventanilla de quejas para postrar su agradecimiento a los humanos que, después de siglos de poner en peligro su existencia con tecnologías tradicionales, ahora inventan unas más sofisticadas.

…Era eso o tratan de vender un auto, ya no sé.