“Suponga que esa tensión sexual se puede oler, “propuso el terapeuta “¿A qué huele?”
En ese momento, un bólido atravesó el cristal, rodo unos metros por el consultorio y explotó en una fragancia de pimienta y naranja.
La paciente despertó inmediatamente, le lloraban los ojos y pudo ver, aunque borroso, como dos hombretones gigantescos le arrebataban la licencia a su psicólogo mientras uno tercero le quemaba el título sobre el basurero.
“Doctor, “dijo casi compungida “la verdad es que no me arrepiento.”
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jueves, 22 de marzo de 2012
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